(48) Leonor

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Quizás la decisión de volver a la ciudad no hubiera sido la mejor opción, pero fue la única que encontré para salvarnos. En parte el hecho de que estuviéramos muertos para los que nos conocían podía jugar a nuestro favor porque así los que nos intentaban atrapar no tendrían ninguna manera de localizarnos a través de otras personas.

Cuando aterrizamos en la cancha empezamos a planear nuestros siguientes movimientos. Necesitábamos ser cautelosos y no llamar mucho la atención para no ser descubiertos.

— Vosotros dos no podéis andar con ese aspecto —dijo Tais señalándonos a Martín y a mí.

Ambos nos miramos y comenzamos a pensar en qué podíamos hacer para solucionarlo. En cuánto supe en qué quería convertirme empecé la transformación. Era tan pequeña que casi me ahogué en mi propia ropa, convertirse en un gato tiene sus riesgos, pensé que sería una buena opción por lo ágil que era en esa forma a pesar de que ya la había utilizado antes. Tais hizo que mi ropa fuera mucho más pequeña y se la guardó en un bolsillo.

— ¿Estás segura de que es una buena opción? —preguntó preocupado Ian a lo que yo asentí.

Martín creó una ilusión que hizo que su cara cambiara pareciendo una persona totalmente distinta. Su elección podría ser más segura que la mía ya que a mí ya me habían visto como una gata negra con la punta de la cola blanca, pero Martín nunca había usado esa cara para pasar desapercibido.

— ¿Es seguro que vosotros os mostréis como sois? —preguntó dirigiéndose hacia Ian y Tais.

— Nadie de esta ciudad nos conoce, así que no deberíamos tener ningún problema —respondió Tais—. Aunque si algún espía nos encuentra y nos reconoce estaremos en apuros, pero si yo me transformo llamaremos más su atención ya que sería muy obvio que dos animales y dos chicos de aspecto familiar anduvieran juntos en esta ciudad.

— No estoy seguro de haberte entendido, pero creo que he captado la idea —respondió confuso.

Maúlle como señal de que quería que nos pusiéramos en marcha. Empecé a andar colocándome en cabeza, me dirigía al orfanato. Necesitaba ver cómo estaba Lili, me preocupaba. En cuanto Ian se dio cuenta intentó detenerme, pero no pudo.

— Quieres ir a ver a Lili, ¿verdad? —preguntó Martín a lo que yo asentí— Yo puedo ir a mi casa a por un poco de dinero que tengo en una hucha secreta que solo yo sé dónde está. Si quieres mientras tú estás en el orfanato con Lili nosotros podemos comprar algo para comer y venimos a buscarte después.

Como respuesta seguí andando en dirección al orfanato, pude oír un tenue susurro de Ian que me pedía que tuviera cuidado, pero enseguida se extinguió. Nuestros caminos se separaron, empecé a saltar muros y a andar por los tejados. Todo se veía tan diferente, tan fácil, como si los problemas no existieran, no quería que ese momento se terminara.

En cuanto llegué al orfanato vi a algunos niños jugar en el jardín, pero entre ellos no estaba Lili. Entré sin ser vista y subí hasta la habitación donde ella dormía, la puerta estaba entreabierta así que me adentré en el cuarto. Vi a Lili acurrucada en su cama hecha un ovillo, me acerqué a ella y maullé intentando captar su atención, funcionó.

— ¿Cómo has entrado? —preguntó acercándose al borde de la cama para mirarme— Me encanta tu pelo. Leonor me decía que ver un gato negro no daba mala suerte, decía que era bueno —dijo colocando su mano delante de mí para que la oliera y así darle permiso para que me acariciara.

Me subí a la cama y dejé que me acariciara, era una niña pequeña pero mucho más consciente de lo que eran muchos adultos. La veía triste y eso me dolía, su sonrisa había desaparecido. Empecé a ronronear y Lili poco a poco comenzaba a relajarse.

— Estoy segura de que me puedes entender —volvió a hablar—, mucha gente mayor piensa que no nos entendéis y que no sentís o pensáis, pero yo no lo creo, ella tampoco lo creía. La hecho tanto de menos, quiero que vuelva. Leonor...

Sus últimas palabras fueron ahogadas por lágrimas infinitas que empezaban a brotar de sus ojos. Dolía tanto, ojalá... ojalá pudiera decirle la verdad, quería verla sonreír.

— ¿Por qué? —continuó— Todos la echan de menos pero nadie llora. ¡Duele!

Me acerqué para intentar calmarla, poco a poco su llanto se fue atenuando y se concentró en acariciarme. De repente cuando todo quedó en silencio y yo dejé de ronronear mis tripas hicieron acto de presencia.

— ¿Tienes hambre? —como respuesta maullé— Ven conmigo, te voy a dar un poco de comida.

Se levantó y la seguí, bajamos las escaleras sin hacer ruido. Cuando llegamos a la planta baja entramos en la cocina con un rápido y ágil movimiento por parte de ambas.

— Toma —me ofreció—, aquí tienes.

Me dio un vaso con leche y algunas sobras de pescado que habían sobrado de la comida. Mis tripas rugían y aquello era un manjar para mí, sobre todo en mi forma gatuna. Cuando terminé de comer me acerqué a Lili y le maullé para que me tomara en sus brazos.

— Eres muy cariñosa —dijo mientras me acariciaba—, le gustarías mucho a Leonor.

Estaba deseando que dejara de pronunciar mi nombre, quería distraerla, quería hacerle olvidar el dolor que sentía por mi culpa. Deseaba contarle la verdad, pero no podía no en ese momento. Oí una voz familiar, Martín, me llamó y tuve que separarme de Lili aunque no quisiera. Pude oír a Martín gracias al buen oído que había adoptado al ser una gata, pero en ese momento deseé no tenerlo.

— ¿Volverás? —preguntó Lili al ver que me alejaba, pero yo me limité a mirarla— Cuando vuelvas jugaremos juntas, te estaré esperando aquí.

Salí del orfanato sin ser vista por nadie más. Al otro lado del muro me esperaban Martín, Tais e Ian.

— Vamos —dijo Ian—, el tiempo apremia.

Sabía que las cosas empeorarían, sabía que lo más duro estaba por llegar, pero no sabía si tendría la fuerza para levantarme y vencer todas complicaciones que se cruzaran en mi camino. Decidí que no me rendiría y que no dejaría que nadie nunca me viera sufrir, no podía permitirme ese lujo.

Lucha entre las SombrasHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora