Capítulo 33: Jódete

383 39 2
                                    


Drake se queda entre el pasillo y la entrada con la mirada vacilante alternando entre Megan y yo.

— Llegaste antes — sus ojos se estrechan en mi dirección y después de un hondo y lento respiro, habla.

— Megan, ¿podrías dejarnos solos? — trago a duras penas lo que queda de la ya no tan deliciosa mezcla y veo como los ojos de la chica se cristalizan por un segundo.

Sí bueno... no tuve la mejor de las vidas, quiero que mi ataúd sea negro y que sirva de mesa de bar toda la noche.

La pelinegra se levanta del sofá y toma su teléfono con ojos de cachorrito regañado.

— Hasta luego... Olivia, gracias por... todo — me sonríe sin mostrar los dientes y luego se marcha pasando junto a Drake.

El moreno cierra la puerta cuando ella no está y se queda mirándome como pidiendo que le explique que acaba de ver.

— ¡Bienvenido! — estiro mis brazos con una sonrisa torpe y como si Dios estuviera de mi lado la luz vuelve iluminando mi trabajo. 

— ¿Limpiaste? — le da una repasada al lugar incrédulo y yo sonrío aún más asintiendo. 

— Me aburrí... también hice la lavanderia y como cinco o siete platillos diferentes, por cierto, bien por ti al llenar la alacena — me levanto con las latas y las envolturas vacías dentro del bolw sin palomitas para botarlo todo. 

— ¿Cómo que siete... ¡ese no es el punto, Olivia! — eleva la voz claramente enojado. 

Lleva sus manos a su cabello y lo peina unas dos o tres veces antes de mirarme de nuevo a la cara. 

— Ahora sabe donde vivo, las entradas y... no lo sé, probablemente que puede entrar así de fácil — ruedo los ojos y me siento en el banquito del desayunador viendo su drama.

— Primero, vino sola, así que ya sabía donde vivías, segundo... me trajo chocolate — me encojo de hombros y su expresión cambia a la de un psicópata.

— ¿La dejaste entrar por chocolate? — su ojo izquierdo comienza a temblar y juro por Dios que trato de no reírme mientras lo imagino como una caricatura — dime, Liv — se acerca dramáticamente a paso lento y me encierra dejando sus manos en el desayunador a cada lado de mi cuerpecito — ¿qué me dejarías hacer por chocolate? — trago en seco ante su mirada asesina. Sé que intenta asustarme con su amenazante voz, pero mierda, sí, mojé mi bragas, pero no precisamente por miedo.

— ¿Te soy sincera? — digo toda derretida y su cara se desfigura por la incredulidad.

Se aparta de mi dándome la espalda y sacude su cabeza un par de veces rascándose la nuca. 

— ¿Cómo si quiera puede parecerte eso atractivo? — su voz se tiñe de desaprobación y como sé que no puede verme me río en silencio. 

— Talvez he visto demasiados programas con el conejito — muerdo la punta de mi lengua con gracia y él se vuelve entrecerrándome los ojos. 

— Las chicas están mal en serio — ahora parece el abuelo de una gran familia regañando a sus nietos — ¿qué vino a decirte? — se sienta en el sofá donde estábamos antes y yo me deslizo por el lugar hasta sentarme en el reposabrazos frente a él. 

— La historia corta o la larga donde me dijo que eras un niño apartado e introvertido— subo mis cejas y él me mira molesto, sí, usé su analogía — ¡oh! y que te sueña como Patch Cipriano — me río sin poder evitarlo, ahora que se lo digo de frente suena tan extraño que hasta a mi me sorprende.

¡A la mierda las etiquetas!Donde viven las historias. Descúbrelo ahora