— ¿Por qué tengo que disculparme? — repito molesta y recibo un pellizco de Flind.
— Porque lo quieres, aunque lo niegues, quieres a ese chico y ahora piensa que lo engañaste — Karen, alias la camarera de largas piernas que se enrolla con Flind en los camerinos, deja una bandeja vacía a mi lado y me guiña un ojo antes de seguir su camino.
— Pero no hice nada malo — reprocho apoyando mis brazos en la encimera bajo la barra.
— No vas a disculparte, vas a explicarle como pasó lo del otro tipo y luego van tener una reconciliación como Dios manda — Jade se levanta del banco y mueve sus caderas insinuosamente.
— No sé si Dios esté de acuerdo con la fornicación — ambos se miran entre si y me da cada uno un shot de tequila de la bandeja que acabo de llenar — estoy casi segura de que me embriagaron para que mi lengua se aflojara, eso es ilegal, Jade — estrecho los ojos antes de bebérmelos.
— Y emborracharse en el trabajo es una falta al contrato que firmaste, pero aquí estamos — me sonríe sin ningún ápice de remordimiento y mira el reloj — listo, son las doce, puedes irte — se pasa sobre la barra para quedar a mi lado y me quita el delantal.
— Pero aún no cerramos — respondo señalando a la gente.
— No me importa, se nota que estás cansada y tienes que hablar con tu novio.
— No es mi novio.
— Bueno, con tu no novio, ¿qué interesa?, es tuyo — rueda los ojos poniéndose ella el delantal — ya vete — me pasa mi mochila y mi apestosa ropa con vómito de niña.
— No quiero — hago una ridícula escena de berrinche y la lunática me dispara un poco con la manguera del agua en la cara — ¡Jade! — chillo y estornudo casi al mismo tiempo haciendo que la pelirosa se ría.
— Si sigues renegando como mula te rociaré con la de soda — toma la otra manguera.
— Esto es abuso de poder — tomo una de las bandejas y la uso de escudo, porque esta mujer no conoce límites.
— Sí sí, soy la reencarnación de Hitler ahora sal de mi campo de tiro — me señala la salida con la manguera como toda una gánster — y Liv, cariño sécate la cara antes de que termines de resfriarte — me lanza una toalla limpia de debajo de la barra y yo le saco la lengua antes de salir del lugar.
¡Hasta un Uber me pidieron!
Tal vez sea el momento de sacar un poco de dinero de mi respaldo para comprarme un auto, no voy a tener a Tracy de chofer para siempre.
Puede que el viento que me pegó en la cara me haya mareado un poco más de lo que debía y sí, estaba en serio cansada, así que me disculparan sin me dormí todo el viaje hasta que el amable Antonio Fernández me despertó picándome en la mejilla con un palito de esos que llevan una cuerdita con algo peludo para jugar con los gatos.
— Ya llegamos, señorita —me estiro en el asiento mientras bostezo.
No era mi casa, era el edificio donde vivía Drake.
— Ehh... esta no es mi casa — señalo por la ventana el portón cerrado.
— Es la dirección que me dieron, señorita — me muestra su teléfono con la ruta y mentalmente me maldigo por decirle a Jade donde vivía Spretnat.
¿Por qué demonios le contaba todo a esa mujer?
— Bueno, tenemos una nueva ruta — saco mi celular para mostrarle donde vivo y hace una mueca.
— Yo ya acabé por hoy, pero puedo dejarla cerca del centro para que tome otro transporte — ofrece bien considerado, sólo había un problema, no quería morir en un callejón de la ciudad por culpa de un asaltante o un violador.
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¡A la mierda las etiquetas!
RomansaOlivia Chase es una chica alocada y divertida, muy distraída en cuestiones sociales, pero una genio en la universidad. Drake Lewis es apartado, poco amigable, serio y de rasgos duros. Pero por alguna razón, cuando un profesor los une para que ella l...