Capítulo 65

8.8K 576 38
                                        

EMMANUEL


FLASHBACK

Estaba de guardia en urgencias esa noche, en lugar de mis turnos habituales durante el día. Y estaba cansado. Aún me costaba adaptarme a los horarios de trabajo tan intenso en el hospital. En cuanto terminó mi turno, no pierdo tiempo. Me puse un pequeño abrigo y salgo del hospital a un frío agradable. El aire nocturno me golpeó como una bofetada: cortante, implacable, impregnado del lejano olor a escape y pavimento mojado.

Cuando doy los primeros pasos sobre la acera, creí ver un cuerpo tirado en el suelo. No sabía si era por el cansancio o si era verdad lo que mis ojos veían. Mi cuerpo se movió antes de que mi mente lo captara. Corrí a toda velocidad, con el corazón latiéndome con fuerza, y efectivamente era una persona, pero que parecía más bien un objeto con hematomas y sangre. Por un momento, me quedo atónito ante lo que veía.

—¿Qué...? ¡Mierda! —me caigo de rodillas junto a ella, moviendo las manos instintivamente, buscando heridas. Y hay por todos lados.

Pálida, sudorosa. Labios azulados. Respiración superficial y rápida. Su pulso era débil,  casi imperceptible. Shock.

Se me revolvió el estómago.

Busco de prisa mi celular, con los dedos manchados de sangre al llevármelo a la oreja.

—Soy el Dr. Emmanuel. Necesito una camilla afuera del hospital... estoy en la acera. Lo necesito ¡ahora! —tiro mi celular en algún lado y agarro algo de mi bolso que pueda ayudarme con la herida de su abdomen.

Un sonido se abrió paso por su garganta, débil y estrangulado, ni siquiera fue un grito, solo un gemido ahogado, apenas un sonido.

—Lo sé, lo sé —murmuro con voz tensa y urgente—Necesito detener la hemorragia.

—¡Muévete! —gritó alguien mientras deja en el suelo la camilla. Me apartó un poco para que mi compañera con mucho cuidado lo levente del suelo.

Mi mano permaneció firme, inflexible, presionando con la fuerza justa para evitar que se desangrara, mientras mi compañera trabajaba con rapidez, desgarrando el envoltorio de plástico. La sangre se filtraba entre mis dedos, resbaladiza y abrasadora contra el aire gélido. Aprieto la mandíbula y entrecierro los ojos al introducir la primera gasa en la herida.

Agarro el envoltorio. Lo envuelvo alrededor de su abdomen, firme y seguro, con una presión insoportable pero necesaria.

—Quédate conmigo —repito, con voz áspera, pero firme.

Las puertas de urgencias abriéndose de golpe, el penetrante olor a yodo y antiséptico me dan la bienvenida de nuevo, con las luces fluorescentes parpadeando en lo alto como destellos y los monitores que emitían pitidos.

—¿Manuel? —una voz atravesó el caos. —¿Qué haces aquí? —Apenas lo entiendo.

Levanto la cabeza de golpe. Mónica estaba al pie de la camilla, con los ojos abiertos y las manos ya buscando un par de guantes. Apenas respiro antes de responder, con voz áspera y desesperado.

—Tratando de salvarla la vida. —digo. Mónica se puso a caminar junto a mi, presionando con sus dedos la muñeca de la mujer.

Un gemido agudo hizo que bajara la cabeza de golpe. La chica se movió, abriendo los párpados.

—¡Está consciente! —gritó una enfermera. Y en ese mismo instante veo como el dolor se reflejó en sus ojos vidriosos.

—¿Cómo te llamas? —pregunto en un intento de que se mantuviera despierta.

—No... puedo... respirar —dice la mujer.

—Respiración 28, pulso 120 —informa la enfermera.

Aprieto la mandíbula. Comienzo a dar indicaciones al igual que Mónica pero a gritos. En ese momento, me puse en modo automático. Hicimos todo lo posible para estabilizarla. Miro de nuevo a la mujer, parece joven no debe tener mas de 27 años. Pongo mi mano sobre la suya y veo como lucha por mantener sus ojos abiertos.

—Todo va estar bien —le prometo, soltando su mano.

—Uno, dos y tres...

El equipo la levantó rápidamente y la trasladó a la cama del hospital con un movimiento fluido. La camilla fue apartada mientras comenzaba a conectarle todo lo monitores que necesitaba y ser llevada a la sala de quirófano.

—¿Qué demonios pasó? —me preguntó Mónica.

—No lo sé. Solo la encontré en la acera así —respondo.

—¿La atropelló un coche?— preguntó la enfermera.

—No parece corresponder a ese tipo de lesión. En mi opinión, parece más bien una herida de arma... o al menos la herida de su abdomen —comenta Mónica.

Ambas comenzamos a listarnos rápidamente para comenzar la cirugía. Mónica era cirujana cardiovascular y la necesitaría para el corazón y los pulmones. Si es que mis sospechas eran ciertas. Ordené hacerle una tomografía computarizada y estudios necesarios. En cuanto las imágenes fueron visibles, empezamos a idear un plan.

—Un brazo roto. Una conmoción cerebral, probablemente lesiones en órganos internos, costillas rotas y una de las costillas rotas tiene un pulmón perforado.  —enumero las heridas.

Nos tomó varias horas la cirugía. Una vez que terminamos, fue cuestión de esperar. No teníamos forma de saber si esta mujer sobreviviría la noche. Mientras terminábamos de lavarnos, comenzamos hablar sobre la condición y sus causas que quizás tendía la mujer.

—Estoy confundida, parece un accidente y a la vez no ¿eso es posible? —preguntó Mónica.

Me preguntaba lo mismo. Ya llamaron a la policía para que investigara lo sucedido. Las enfermeras revisaron su ropa; no tenía identificación ni nada en los bolsillos. Eso también era algo raro.

—Tal vez fue un asalto —comento. Pediría a la policía que revisen las cámaras del hospital, pera entender que había sucedido.  Mónica me observó un buen rato y luego susurró.

—Vete a tu casa. Descansa un poco. ¿Mañana tienes el día libre? —cuestionó en un tono más suave.

—Sí. —paso una mano por la cara, sintiendo el peso de la noche sobre mi —Mantenme al tanto de ella, ¿quieres?

—Te avisaré —prometió Mónica.

La Guardaespaldas [EDITANDO]Where stories live. Discover now