CALLE
Mis piernas parecían moverse solas, mi mente absorta en un solo pensamiento: abrazarla.
El abrazo que tanto había anhelado se sentía como un ancla en medio de la tormenta. La calidez de su cuerpo contra el mío era un refugio, un lugar seguro donde las preocupaciones se desvanecían. Pero el momento, tan perfecto, fue interrumpido por la confusión que cruzó el rostro de Poché.
—Te encontré —susurré con la voz temblorosa mientras hundía mi rostro surcado de lágrimas en el cálido cuello de Poché. —No puedo creer que estés aquí.
Era María José, la mujer que había sido mi norte, mi sol, mi todo. Sin embargo, la reacción de Poché me hizo dudar.
—Creo que me está confundiendo con otra persona —respondió Poché, intentando zafarse de mis brazos. Me aparté de ella y ella parpadeó, desconcertada.
—¿Poché? —repetí, sintiendo que el mundo a mi alrededor empezaba a desvanecerse. La incredulidad me envolvió como una espesa niebla. La voz de Poché sonaba distante, como si hablara desde el final de un túnel. —¿No me reconoces? —logré decir, con el corazón latiéndome con fuerza.
María José estaba más pálida que nunca; su rostro reflejaba una inquietud que nunca le había visto. Era como si el brillo de sus ojos verdes se hubiera apagado, y la expresión de confusión que la envolvía era una puñalada en el corazón.
—No... ¿Debería? —murmuró Poché, con la tensión palpable en su voz. La ansiedad empezó a apoderarse de mí; un nudo en el estómago crecía con cada segundo que pasaba.
—¿María José...? —insistí, con la voz como un susurro desesperado. La niebla que había nublado mi pensamientos empezó a disiparse, pero la confusión en el rostro de Poché no hizo más que intensificarse. —Soy yo, Daniela —dije, con la voz llena de esperanza. Pero mis palabras parecieron caer en oídos sordos. Poché retrocedió un paso, como si se alejara de un fantasma.
Poché parpadeó. Solo una vez. Y en ese parpadeo, solo vi algo que me heló la sangre: sorpresa. No alegría. No emoción. Sino de extrañeza.
—¿Daniela? —repitió, como si el nombre fuera una palabra extraña en su lengua. La sorpresa se dibujó en su rostro, pero no había reconocimiento en sus ojos.
El silencio que siguió fue ensordecedor. Sentí que el aire se espesaba a mi alrededor, como si el tiempo se hubiera detenido en ese instante.
En ese momento, Liza se hizo notar, no con paso firme, sino con una lentitud que parecía cargar con todo lo que no se había dicho. Se interpuso entre nosotras, no como un escudo, sino como un límite que no quería que cruzara.
—¿Qué haces aquí, Daniela? —preguntó, su voz no fue dura sino firme y protectora. —¿Por qué no me llamaste? ¿Por qué no avisaste? ¿Por qué simplemente... apareciste?
Ignoré las preguntas, incapaz de apartar la mirada de Poché. No miré a Liza. No podía. Mis ojos permanecieron fijos en Poché. En esos ojos que una vez me susurraron "Te amo" sin palabras, que me rieron al oído, que lloraron conmigo en noches de silencio y confesiones. Ahora no decían nada.
—¿Qué pasa? —pregunté sin apartar la mirada, con voz temblorosa pero firme. —¿Por qué Poché no me recuerda? —La angustia y el dolor me invadieron; sentí que el aire a mi alrededor no me alcanzaba.
Liza respiró hondo, como si cada palabra que estaba a punto de pronunciar pesara más que el aire que necesitaba.
—Tenemos que hablar. A solas —afirma Liza. Asiento lentamente y Poché dio un paso adelante.
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La Guardaespaldas [EDITANDO]
RomansaDaniela tenía una vida normal como cualquier chica de su edad, hasta que los problemas comienza a llegar a su vida, cuando su padre recibe una amenaza de muerte y decide contratar a un guardaespaldas aunque su hija se niegue aceptar protección. Marí...
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