Nos persiguen, estamos en peligro. Nuestra estirpe fue catalogada como pérfida ante los ojos de la mayoría, y si la mayoría lo dicta, la minoría escucha. Atenidos y desolados, erramos entre ellos. No esperamos en los armarios para asustarlos, nos aterraron tanto como para hacer de los closets nuestras guaridas, huimos debajo de las camas buscando asilo en las sombras. Somos monstruos en este mundo hermético, para ellos la libre expresión es nefasta, lo raro maligno y el pensamiento diferente terrorífico. Nos llaman anarquistas cuando opinamos discorde a su sistema, terroristas por tratar de que despierten de esta matrix. La globalización es su arma, la empuñan para esparcir esa sensibilidad maquinal sobre el mundo, así les resulta más fácil determinar a quien señalar con el dedo. Los estereotipos de belleza nos asignan en castas cuantitativas, las modas nos dividen en un catálogo binario que nos llama normales o anormales, y con la normalización de lo anómalo, el libertinaje y la supuesta inclusión nació un nuevo sistema exclusionista que maquina con fundamentos tolerantes para proteger su imagen, pero singulariza todo lo desigual en un simple estereotipo tan alienado que perdió todo toque humano, malos.
Ahora somos esos monstruos malos que abandonaron la caverna, dejamos de temerles a las sombras, y por eso nos condenaron, por saber cómo sacarnos las cadenas.
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Relatos de un don Nadie
OverigCompilación de textos reflexivos, anecdoticos y fantásticos
