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Dante Vivaldi.
Viajar en primera clase algunas veces resulta reconfortante. Ayuda a calmar un poco la ansiedad y a cargar con los problemas internos que no suelo compartir con nadie. Sin embargo, no quita que el viaje haya sido más complicado de lo que me habría gustado. No soy muy amante de la mayoría de las personas, y menos cuando mastican como orangutanes, o cuando soportar la mirada intensa y lujuriosa de una señora de unos cuarenta años casi me hace lanzarle mi decimocuarta copa de whisky.
—Tenemos algunas reuniones importantes, y los proveedores están teniendo presente la mayoría de las... —La voz de la pelinegra a mi lado corta mis pensamientos, recordándome las responsabilidades que conlleva ser alguien reconocido en todo el mundo.
Justo cuando pienso que no puedo estar más cansado de la conversación, una voz aguda me detiene:
—Disculpe, señor.
Me detengo y bajo la mirada, cruzando mis ojos con una niña de cabello rojo y pecas que sostiene un peluche viejo entre sus brazos. Sus ojos brillan de curiosidad.
—¿Qué quieres, niña?
Mi tono es brusco, aburrido, casi sin ganas, pero la pequeña no se inmuta. Al contrario, me mira con fascinación antes de soltar, sin vergüenza alguna:
—¿Por qué tiene cara de amargado?
Frunzo el entrecejo, pero no puedo evitar que una sonrisa se asome a mis labios, aunque sea por un segundo.
—¡Ariadna! ¿Qué te he dicho sobre decir esas cosas? —La voz de su madre llega desde detrás, alarmada.
—¡Es que tiene cara de amargado, mamá! —protesta la niña con una inocencia que me hace gracia, aunque me gustaría negarlo.
La madre me ofrece una disculpa apurada:
—Lo siento mucho, señor. De verdad.
Respiro hondo y me arrodillo frente a la pequeña, para quedar a su altura. Levanta la barbilla con aire desafiante. Tiene carácter, lo admito.
—No soy un gruñón, pero debes saber algo: la verdad es mejor que mentir, aunque puede ser peligrosa si no la usas bien.
Ella me observa con los ojos entrecerrados, evaluándome como si tuviera todo el derecho. Esa mirada fija me pone algo nervioso, así que carraspeo y saco un billete de mil euros de mi cartera.
—Sé una buena chica, ¿vale?
Le entrego el billete, me pongo de pie rápidamente y me alejo, sintiéndome incómodo mientras los ojos azules de la niña siguen clavados en mi espalda.
—No. Me. Lo. Creo... —susurra la pelinegra, claramente sorprendida.
—¡No hables tanto y camina! —le corto de inmediato, apresurando el paso para salir del bullicioso aeropuerto.
Mientras avanzo, la mujer me da un pequeño golpe amistoso en la espalda, soltando una risa.
—Serías un padre maravilloso.
La fulmino con la mirada, pero no parece importarle.
—No creo que...
—¡Calla! Yo seré la tía cool que los mime y les dé condones para que estén preparados.
Ruedo los ojos y finjo no escuchar sus ocurrencias. En el fondo, sé que tener una amiga como ella es una de las pocas cosas que me ayudan a sobrellevar las tormentas internas.
Pero el momento de reflexión se interrumpe cuando cruzo miradas con una mujer mayor que no tarda en guiñarme el ojo de manera descarada.
«Definitivamente, nunca tendré hijos», pienso, mientras acelero el paso.
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Perfect Doom
RomanceDicen que el amor puede cambiarlo todo, pero ¿qué pasa cuando ni siquiera crees en él? Dante Vivaldi no cree en promesas, y Pia no tiene tiempo para cuentos de hadas. Sin embargo, cuando sus mundos chocan, descubren que el dolor y la esperanza no s...
