Capítulo 37:

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Dante Vivaldi

«Maldición».

Le meto un derechazo al saco de boxeo, los nudillos apretados dentro de los guantes de cuero. Sigo con otro golpe y otro más, sin bajar el ritmo, mientras en los auriculares resuena The Weeknd, el cabrón, sincronizándose con mis latidos como si me leyera la puta mente.

Tengo la cabeza que me va a estallar. La resaca me da de hostias por haber intentado calmar a la bestia que llevo dentro, esa que me revuelve el estómago cada vez que la veo. Y ahí está, en la piscina del hotel, moviéndose como si nada, con esa sonrisa que me jode más de lo que debería.

El calor es insufrible.

El sonido seco de los golpes resuena en la sala, el eco de mi frustración se mezcla con el rechinar de los guantes. Pum, pum, pum, el saco de boxeo recibe mis puñetazos con una violencia que no me pertenece, pero que mi cuerpo necesita.

Pum.

Pía Melina.

Pum.

Dios, esa mujer me está volviendo loco. Su rostro, sus ojos, esa sonrisa desafiante que me hizo cuestionarme por un segundo si todo lo que sé sobre control tiene algún sentido.

—Joder, Dante, cálmate un poco.

Gastón suelta una risa mientras se apoya en las cuerdas, observándome. Su tono es ligero, pero noto la curiosidad detrás de su voz.

Lo ignoro. Me concentro en el saco de boxeo, en los golpes, en no pensar en ella.

—Vas a romper la puta bolsa si sigues así.

Me da un codazo juguetón en el hombro, un gesto de camaradería que me irrita más de lo que debería.

—¿Qué quieres? —escupo, mi tono más áspero de lo que esperaba.

Toma una larga respiración, apoyándose agitado.

—Solo trato de entender qué te pasa. No eres el tipo de persona que se pierde en una mirada o en una sonrisa, Dante. Algo está pasando. —Gastón se detiene, su mirada se clava en mí. Es como si pudiera leerme, y eso me enerva.

Su tono cambia, ahora algo más serio, pero todavía manteniendo la chispa de curiosidad, notó perfectamente en la forma en la que despeina su cabello observando mi se le iluminaron los ojos dudoso.

—¿Es por esa rubia?

Pum. Un golpe seco, mis nudillos crujen al contacto con el saco. Gastón no sabe nada. No tiene idea de quién es ella. Nadie lo sabe. ¿Por qué jodería eso ahora?

No puedo ponerla en más peligros de los que ya esta.

—No se de quien estás hablando —golpeo, tensando mis hombros.

Rueda los ojos demostrando lo incómodo que estás y lo molesto que suele portarse.

—Estás más borde de costumbre.

Lo ignoro.

—Cuen...

—No es de tu jodida incumbencia, déjalo ya —mi respuesta es más cortante de lo que pretendía, pero no quiero entrar en detalles. No con él. No con nadie.

Gastón sonríe, pero hay algo en su expresión que me hace pensar que no se traga la mentira.

—Ah, vale. Mantenme en la oscuridad, como siempre. —Se cruza de brazos, un gesto que me saca de quicio.

Sigo golpeando el saco con furia, mis respiraciones se vuelven más pesadas, y mis pensamientos se mezclan con la necesidad de entender lo que está pasando. ¿Por qué joderme por alguien que ni siquiera debería estar en mi cabeza?

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