Capítulo 20:

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Pía Melina.

El agotamiento físico no se compara en nada al emocional, es como ese estado en donde deseas abrir un hoyo en el suelo con el objetivo de ser tragada lo más posible.

Llevo el mes completo de enero sin dormir y febrero ya va casi por su mirad, lo cual empeora y no hace más que ansié el hecho que mi jefe acabe de llegar para hacerse cargo de todas sus tareas.

Suspiré, acomodando mi cabeza contra el frío cristal empañado de la cafetería que muchas veces frecuentaba en las mañanas con el objetivo de leer algunos de mis libros pendientes, deseando eliminar el estrés que cargaba en mis hombros.

Alzo el pequeño vaso humeante con un poco de descafeinado, saboreando su delicioso sabor y aroma.

Mi mente viaja a la cena con el castaño descontrolando mis emociones por unos breves segundos en los que no hago más que esforzarme por apartar esos pensamientos de mi cabeza.

Mis labios se elevan en forma de trompeta liberando un suspiro, apreciando cada uno de los clientes que se adentran en la estancia con sus atuendos abrigados, pero elegantes, con vestidos provocativos y piernas de infarto como las amigas de la mesa seis.

Sus carcajadas casi imperceptibles, la forma tan cruda de referirse a una de ellas que—segundos antes de que mi pedido hubiera llegado a mí—se había disculpado para ir a responder una llamada.

Los comentarios para nada amigables que dicen de la joven suenan bastante bruscos y fuera de lugar donde la envidia es notada en la forma despectiva en la que hablan.

Admiro las doce mesas que están en el exterior, junto al hermoso atardecer que comenzaba a tomar mucha más fuerza, llenando mi ser de una sensación de familiaridad que llevaba tiempo sin sentir.

Cierro mis ojos tomando mi tiempo para aclarar mis ideas cuando un toque suave y cálido en mi mejilla llama mi atención.

—Hola, hermosa.

Mis orbes se encuentran con los de Peter que termina tomando asiento al frente de mí con una frondosa sonrisa.

Bajo la mirada avergonzada, sintiéndome cada vez más incómoda con mi vestimenta y la manera en que muchos me miran.

—Hola.

Mi tono es bajo y nervioso con mis mejillas sonrojadas.

—¿Como has estado?

Sostiene la carta esperando una respuesta de mi parte.

Lo admiro incapaz de perderme un detalle de su expresión. Ha pasado una semana y en lo único que puedo pensar es en lo mucho que extrañé un poco nuestras conversaciones.

—Un poco mejor, pero prefiero que me cuentes de tu viaje.

Apoyo mis codos en la mesa, cerrando mis manos en puño, sintiendo que finalmente puedo liberarme de todo el odio que guardo hacia el castaño.

—Fatal.

Los ojos azules del pelirrojo se centran en mí, mientras apoya una de sus manos sobre la mía.

—¿Quieres contarme?

Asiento haciendo un leve puchero de niña pequeña.

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