Capítulo 42:

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Pía Melina.

La estruendosa música ya se ha mezclado con el latir de mi corazón volviéndose al unísono con el temblor que sostiene a mi anatomía esbelta.

Aborrezco los vestidos tan provocativos como este, pero me es inevitable no sentirme hermosa cuando millones de hombres no me quitan sus ojos de encima.

Le doy un extenso trago a mi copa de brandy, degustando como el alcohol comienza a quemar mi garganta mientras baja hasta llegar a mi estómago. Abro mis ojos, mareándome un poco por ser la decimoquinta copa que me lanzo de un soplete, a la vez que la música retumba a todo mi alrededor contagiándome de ese ritmo arrollador.

No veo nada.

La atestada barra de una de las discotecas que por arte de magia logramos encontrar Valeria y yo, está a más no poder de personas; tíos buenorros que no dejan de echarme ojeadas de vez en cuando, junto a mujeres que se besuquean en las esquinas más oscuras. Todo un show que en mis cuatro sentidos me asquearía presenciar.

Muerdo mi labio inferior, abanicándome con mi mano cuando el calor se apodera de todo mi cuerpo, una oleada que me estremece hasta la espina dorsal en el momento en que un aliento que desconozco y una mano en mi cintura pegándome a un cuerpo duro me hace tragar en seco.

—Hola preciosa.

Utiliza un tono ronco, sensual con su aliento mezclado con alcohol y algo de menta.

Inhalo, buscando las fuerzas suficientes para mantenerme en pie y no demostrar lo borracha que estoy, volteándome lentamente con el temor de encontrar a un viejo verde.

—Hola.

Susurro en un tono muy bajo, finalmente quedando pasmada con el perfilado rostro tallado por los mismísimos ángeles.

Si Dante está bueno, él es su hermano porque es imposible que el moreno de ojos verdes, mandíbula cuadrada, nariz fina, labios gruesos, pómulos abultados con unos sensuales hoyuelos, largas pestañas, cabello con unos rulos y un brillo perfecto; cuerpo de infarto con una camisa negra que se ajusta a sus músculos más que ideales que solo te invitan a lamerlos. Su acento parece ser más que notable que es de Brasil, además del tono tostado de su piel.

Trago por segunda vez, pero solo por las ideas tan descabelladas que pasan por mi cabeza, y el cómo sus ojos escrutan cada una de mis fracciones, alejando su mano de mi espalda baja desnuda, mientras no deja de mirar mis ojos ni por un segundo a pesar de que mi escote es muy peligroso.

—¿Me permitiría una pieza, madame?

Ejecuta una dulce reverencia que me ocasiona estallar en unas fuertes carcajadas, entretanto debo cubrir mis labios por la vergüenza, cuando él se lo toma como una broma esperando mi respuesta.

Miro a mi alrededor, cruzando mis ojos con los de la castaña que sonríe maliciosamente, moviendo sus caderas y alzando sus brazos al son de la música.

Fijo mis ojos en el moreno, queriendo dejar atrás eso que me carcome la cabeza, porque si no lo hago terminaré más que jodida por alguien que no vale la pena cuando esté es solo el comienzo de una era de felicidad.

—Por supuesto, mi Lord.

Realizo una reverencia en su honor, la cual es acepta gustoso, agarrando mi mano, moviéndonos hacia la ya abarrotada pista.

Mis tacones altos e incómodos me impiden el caminar, uno que se vuelve muchísimos más complicado al estar más borracha que una cuba y no distinguir por donde camino debido también al mogollón de personas que me rodean.

—Tranquila, yo te sostendré.

Acorta la distancia murmurando en mi oído erizando los bellos de mi piel, ahora sosteniéndome la cintura con delicadeza, pegando mi espalda a su pecho con fuerza.

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