Pia Melina:
Una semana después de su partida.
El eco de la voz de Adele resuena por los auriculares, llevándome al ritmo de su melodía. Cada acorde parece darme una chispa de energía, moviendo mi cuerpo, aunque las miradas ajenas me alcanzan como dagas afiladas. Algunas con desaprobación, otras con sonrisas burlonas, todas haciendo que mis manos tiemblen ligeramente, y el sudor se acumule en mi frente, recordándome la tensión interna que me ahoga.
Pero entonces, una voz en mi cabeza, esa misma voz que me persigue constantemente, susurra: ¡Que les den!
Me niego a ceder, soltando una pequeña sonrisa nerviosa, mientras subo el volumen de la canción, dejando que las notas de Adele se adueñen de mi cuerpo, marcando el ritmo que, por un momento, me hace sentir más fuerte. Sin embargo, el palpitar de mi corazón se acelera, el malestar crece en mi pecho, y me encuentro parada en medio de una de las avenidas más transitadas, la sensación de incomodidad apoderándose de mí.
«Estás siendo paranoica, Pía» me digo a mí misma, tomando una fuerte bocanada de aire. Mis manos, aún temblorosas, tratan de calmarse mientras la ansiedad se agita en mis entrañas. Respiro más hondo, recordando las palabras de mi terapeuta, como un ancla en medio de mi caos, intentado encontrar un poco de paz entre los recuerdos.
En mi mente, vuelven las palabras de la última sesión.
"Recuerda, Pía, cuando sientas que el miedo te consume, detente y respira. Visualiza un lugar seguro, algo que te haga sentir tranquila. Cierra los ojos si es necesario, pero no dejes que los pensamientos se apoderen de ti."
Esas palabras me persiguen ahora, como una guía en medio de la tormenta. Cierro los ojos por un segundo, aunque el bullicio de la calle me rodea. Me imagino a mí misma en un campo abierto, solo con el sonido del viento y el aroma de la tierra. Me centro en esa imagen, permitiendo que el aire fresco que llena mis pulmones sea lo único que me importe. Mi respiración se vuelve más lenta, más profunda, hasta que el temblor en mis manos comienza a calmarse.
"El miedo no me puede vencer" me repito, mientras cuento mis respiraciones, con el sonido de mi corazón retumbando en mis oídos.
"Tranquila, Barbie. No dejaré que nada malo pase." Me esfuerzo en calmarme, pero los recuerdos de él —su rostro, sus palabras— se cuelan en mi mente, como un veneno dulce. Mis ojos se humedecen por la sola mención de su nombre, el dolor de su ausencia apretando mi pecho. Mi vista se nubla, y un par de lágrimas caen de mis ojos, deslizándose lentamente por mi rostro, cuando de repente, algo me detiene.
Un destello brillante atrae mi atención. Mis ojos se fijan en un par de botas de cuero que están perfectamente expuestas en el escaparate de una tienda. Su diseño es impecable, pero el precio... el precio me hace suspirar de sorpresa. Una mueca de asombro escapa de mis labios, y por un segundo, el mundo desaparece. El número, los ceros que siguen al valor, me recuerdan una de sus frases favoritas:
"El dinero se hizo para gastarlo. Si no lo hacemos, ¿para qué trabajamos?"
Sonrío de forma nostálgica, limpiando con delicadeza la lágrima que amenaza con caer nuevamente. Con cada respiro, la angustia disminuye un poco. Los recuerdos de las promesas compartidas, las palabras que resonaron entre nosotros, vuelven a mi mente, llenándome de ideas y planes. Todo se reduce a una sola cosa: sanar. Aprender a ser fuerte por mí misma antes de decidir si soy capaz de estar a su lado. Pero lo que realmente me atormenta es si él podrá perdonarme.
El GPS me saca de mis pensamientos, y alzo la vista para darme cuenta de que he llegado a la cafetería que tanto me recomendaron. Es tranquila, acogedora, y parece el refugio perfecto. Me detengo frente a la puerta, con una sensación extraña en el estómago, mientras doy un paso hacia adentro, dejando que el aire fresco me envuelva.
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Perfect Doom
RomanceDicen que el amor puede cambiarlo todo, pero ¿qué pasa cuando ni siquiera crees en él? Dante Vivaldi no cree en promesas, y Pia no tiene tiempo para cuentos de hadas. Sin embargo, cuando sus mundos chocan, descubren que el dolor y la esperanza no s...
