Capítulo 1:

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Pía Melina.

Diciembre.

El aire helado de diciembre me recibe con una bofetada en el rostro al entrar a la oficina. Mis botas resuenan contra el mármol mientras me apresuro, sosteniendo los papeles contra mi pecho como si eso pudiera protegerme del frío o, tal vez, de mí misma. Entre las risas y el aroma a café recién hecho, lo veo: Peter, con ese suéter verde que hace resaltar aún más su cabello rojizo y sus pecas. Está hablando con un par de compañeros, pero en cuanto me ve, su sonrisa se ensancha de inmediato, como si mi presencia iluminara su día.

—¡Hola, Pía! —saluda, levantando una mano con entusiasmo.

Le devuelvo una sonrisa cálida. —Hola, chicos.

Peter siempre es... Peter. Constante, amable, como esa taza de té caliente que necesitas en una tarde fría. Es el tipo de persona en quien sé que puedo confiar sin dudarlo, pero, al mismo tiempo, hay algo en él que me incomoda. Es esa incomodidad que sientes cuando alguien te mira como si fueras todo, cuando tú sabes que solo eres... tú.

—¿Qué tal, Peter? ¿Cómo te fue con tu tesis? —pregunto mientras me acerco.

Él se rasca la nuca, como siempre que está nervioso, y no puedo evitar notar el leve rubor en sus mejillas.

—Muy bien, en realidad. Tus consejos fueron clave. Sin ellos, creo que habría colapsado frente al jurado.

—Sabía que lo lograrías. Solo necesitabas un poco de confianza —digo, dándole un leve golpe en el brazo. Su piel se tensa por un instante bajo mi toque, como si incluso ese gesto casual significara algo más para él.

—Siempre estás ahí cuando te necesito, ¿verdad? —murmura, su voz baja y cargada de algo que no quiero analizar demasiado.

Mi sonrisa titubea, pero la mantengo. Es Peter, el amigo que siempre está en mi esquina, el que me escucha desahogarme y me anima cuando todo parece derrumbarse. Pero esa mirada suya, esa que tiene ahora, me hace sentir un peso en el pecho.

Antes de que pueda responder, siento un leve golpe en mi cabeza.

—¿Acaso te olvidaste de tu compañera de estudio? —pregunta Mérida, su tono lleno de dramatismo falso. Me giro para verla, con las manos en las caderas y una ceja arqueada, como si estuviera evaluándome.

—¡Por supuesto que no, tonta! —respondo, agradeciendo la interrupción. Mérida siempre aparece en el momento exacto para salvarme.

—Seguro... No me sorprendería que Peter te haya secuestrado con alguna excusa tonta —añade, lanzándole una mirada divertida.

—Hey, no es cierto —dice Peter, riendo nervioso.

—Claro que no —digo, dándole un ligero empujón en el brazo a Mérida—. Peter y yo solo estábamos poniéndonos al día.

Mérida sonríe con un brillo travieso en los ojos. Siempre lo nota todo, incluso las cosas que no quiero que nadie vea.

—Bueno, chicos, es hora de trabajar —digo aliviada cuando las puertas del ascensor se abren.

—¿No tomarás vacaciones? —pregunta Peter antes de que me marche.

—No, tengo algunos pendientes. Pero no te preocupes, disfruta por mí.

Cuando las puertas del ascensor se cierran, dejo caer la cabeza contra la pared metálica y suspiro.

Los días de diciembre siempre me pesan más de lo que quiero admitir. A pesar de las luces, las risas y las canciones que llenan las calles, siempre hay una parte de mí que se siente fuera de lugar. Me encanta ver a las familias reunidas, a los niños jugando en la nieve, pero también me duele. Esta época siempre me recuerda lo que he perdido, lo que ya no tengo.

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