Pía Melina.
19 de junio del 2024.
Es el día, hoy diecinueve de junio del dos mil veinticuatro mis pequeños están deseosos de salir del condenado lugar que tanto los ha mantenido a salvo, aunque por más que espero que no duela es todo lo contrario. Puedo sentir como mis latidos se aceleran, mi mundo tiembla y el caluroso chorro que avisa la llegada baja por mis piernas
Me sostengo con suavidad del borde del lavamanos, percibiendo las suaves contracciones que aumentan de tamaño cada cinco minutos.
«Respira Pia»
Trato de darme todas las fuerzas que puedo, intentando controlar mi respiración, ya que eso incluye mucho más de lo que cualquier ser se puede imaginar.
Mi boca se atiborra de saliva, obligándome a digerir el exceso de líquido, mientras siento la cuarta contracción doblarme del dolor.
Respiro, necesito hacerlo para calmar los calambres que se apoderan de mis piernas, haciéndolas temblar y más cuando el dolor toma fuerza.
Los dolores del parto son una mierda, las contracciones aumentan por minuto y podría sentir que la vida me está devolviendo las veces que de alguna forma tuve pésimos pensamientos: sin embargo, prefiero mantenerme serena soportando los temores que me abordan, a la vez que trato de mantener la calma.
Gotas de sudor se deslizan por mi coronilla, haciéndome tragar en seco porque lo insoportable que esto es me mata, no puedo todavía soportar las ganas que me dan de salir corriendo lo antes posible, desearía acabar con esto de una vez, o tal ves cambiar de lugar con cualquier persona que decidiera tener un bebé, cruel, pero cuando sientan esto me comprenderán.
Consejo sano; usen protección, de todo tipo y evítense este martirio que ha comenzado hace cinco segundos, aunque ya me tiene al borde de un puto colapso nervioso.
—¡Mierda! —exclamo farfullando tan bajo como puedo porque sé que de alguna forma esto va a empeorar.
Respiro, realizando cada una de las operaciones que nos obligaron a llegar acabo en el curso de padres primerizos que en estos breves instantes no me están sirviendo nada más que para empeorar mi histeria, una que hace mi sangre hervir con las ganas de matar a alguien.
Esto se siente como si te estuvieran intentando abrir por dentro, una opresión intensa que te estremece hasta la puta médula ósea, eriza los vellos de mi cuerpo entero.
Los dolores de estomago es lo que yo digo como cuando tienes un buen compañero que no sale de ninguna forma.
—¡Mierda!
Me cago en quien halla creado semejante dolor que me obliga a sostenerme de la bañera, ni siquiera puedo respirar porque a cada nada siento que podría soltar más que los niños.
Los fuertes pasos del castaño se adentran en la estancia, ocasionando que levante mi mirada fijándola en sus enormes ojos los cuales muestran miedo, pero sobretodo emoción.
—Te escuche gritar y...
—¡Cállate y ayúdame a sacarlos ya! —espeto sintiendo como la rabia me consume porque si me hubiera tomado la píldora justo ahora no estaría así, ni siquiera tuviera esta necesidad de haber elegido el haberlos tenido.
Mis ojos se empañan en lagrimas con el pensamiento que agota mi cabeza, sintiendo el dolor de mis propias ideas.
El castaño abre sus ojos como platos, mostrando algo de miedo en su mirada que incluso a mi me hace sentirme mal, ya que demuestra que de alguna forma mi grito fue más fuerte de lo que yo misma puedo pensar.
—¿Van a nacer ya? —cuestiona con expresión temblorosa, casi más pálido de lo normal, mientras yo trato de luchar por no cagarme en la madre que lo parió, ya que lo veo desviar su mirada a mi desnudo cuerpo.
—Para nada, solo están calentando para cuando llegue el momento —utilizo el sarcasmo con más rabia de la normal con la necesidad de asesinarlo con mis propias manos cuando continúa mirándome las tetas con semejante descaro—. ¿Podrías prestarme atención a mi y no a mis chichis?
Eleva su mirada, mostrando su evidente atención en mi rostro, pero la notable ereccion que se le formado en su entrepierna.
—¿Eh? —le lanzo una mala mirada que es lo que lo pone en cintura—, Si; ¿que necesitas?
Examino el entorno, encontrando el albornoz de osito y fresas que él mismo eligió cuando descubrimos que serían la parejita.
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Perfect Doom
RomanceDicen que el amor puede cambiarlo todo, pero ¿qué pasa cuando ni siquiera crees en él? Dante Vivaldi no cree en promesas, y Pia no tiene tiempo para cuentos de hadas. Sin embargo, cuando sus mundos chocan, descubren que el dolor y la esperanza no s...
