Capítulo 54:

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Pía Melina
Cuatro meses después:

El cansancio es palpable en cada uno de mis pasos por el hospital privado y tranquilo de Vancouver.

La pesadez de mi cuerpo se suma a la incomodidad que me agobia, trayendo consigo fragmentos de lo sucedido en Italia. Las imágenes de ese lugar me mantienen alerta, mi piel helada por el miedo, y aunque el tiempo ha pasado, el eco de esos recuerdos me persigue. Me he vuelto más paranoica que nunca, y eso no es lo peor.

Hay noches en las que me despierto gritando, convencida de que él está ahí otra vez, sujetándome, encerrándome, susurrándome que nadie vendría por mí.
Ya no confío en los pasillos vacíos ni en los silencios largos. Me he convertido en mi propia sombra.

Volver aquí no estaba entre mis planes, ni siquiera regresar a mi país después de todo lo que pasó.

Mis huesos, mis extremidades, mis brazos aún duelen después de semanas en cama, curando las heridas causadas por... No puedo continuar. Cierro los ojos con fuerza, intentando olvidar lo sucedido mientras me detengo a unos pocos pasos de la sala donde él yace.

Las máquinas que lo mantienen respirando se han convertido en mi compañía. El brazo de Dante está envuelto en un yeso duro, inmovilizado, y su pecho sube y baja con cada respiración apresurada, como si aún estuviera librando una batalla interna.

Mis ojos se llenan de lágrimas al verlo allí, tan vulnerable, sin poder moverse, ni siquiera decirme uno de sus chistes pervertidos que antes odiaba y hoy deseo con todo mi ser. Porque, ¿cuándo fue que todo cambió? ¿Cuándo dejé de verlo como un enemigo y empecé a desear que despertara?

Y me odio por ello.
Me odio por necesitarlo de esta manera, por perdonarle todo sin que él siquiera me haya pedido perdón.
Pero hay cosas que van más allá del orgullo. Y Dante... él es mi pecado y mi castigo.

Dante es todo lo que está mal en un hombre: ególatra, posesivo, cruel. Y, sin embargo, ha logrado calar tan profundo en mí con tan pequeños actos que han valido por más que las mil veces que me ha herido.

Doy un paso hacia él, deseando tocarlo, cuando...

—Señorita, no puede estar aquí.

Limpio una lágrima que moja mi pómulo, ignorando la voz de la enfermera. Mi mirada está fija en el hombre inmóvil frente a mí.

—Déjeme estar un rato más. Necesito admirarlo, aunque sea por un momento.

Siento el toque suave de la enfermera sobre mi hombro y su negativa constante, pero yo no puedo apartar la vista de Dante.

—Esta sala es privada. Necesita descansar...

—¡Suélteme!

Siento que el mundo se me derrumba entre los dedos. La vida sin él no tiene sentido. No quiero una existencia sin sus gritos, sin sus bromas de mal gusto, sin su forma tan suya de hacerme enojar.
¿Cómo se supone que siga respirando si él no está para sacarme de quicio?

Mi voz se eleva en un grito lleno de desesperación. Ignoro sus palabras, incapaz de pensar en nada más que en lo destruido que está el castaño, en cómo hemos llegado a este punto, donde mi corazón ya no puede latir sin él.

—Por favor... Solo déjeme verlo. Yo...

Sollozo, luchando por mantener el control, deseando quedarme aunque sea unos segundos más a su lado. Unos segundos en los que, tal vez, pueda ver una reacción, un movimiento, algo que me diga que todavía está ahí.

—Le daré lo que quiera... si me deja verlo, solo unos segundos... Por favor.

Ella sigue negándose, y el dolor dentro de mí crece, se vuelve insoportable.

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