Pía Melina
Mi visión se nubla, los bordes del mundo desaparecen, y todo se vuelve una amalgama de sombras borrosas. El aire se espesa en mis pulmones, como si una mano invisible los apretara, y aunque intento respirar, cada bocanada de aire es insuficiente. El pánico se agita en mi pecho, haciendo que mis pulsaciones se desborden. Siento mi cuerpo como si estuviera a punto de desvanecerse, como si ya no estuviera aquí, solo un eco de lo que fui.
Recuerdos caen sobre mí con la violencia de una tormenta, destellos de dolor que me atormentan. El toque invisible del hombre de mis pesadillas parece colarse en mis extremidades, en mi piel, como si de alguna manera estuviera aquí, cerca, observándome. Mi cuerpo se tensa, la mente se cierra, y la desesperación me ahoga.
—Señorita Melina, yo...
Las palabras del desconocido se desvanecen en mi mente, solo escucho un eco lejano. Retrocedo instintivamente, mi espalda se choca con la pared, y me encojo, abrazando mis rodillas con fuerza. Mi cuerpo tiembla, mi piel arde, mi mente no puede procesar lo que está pasando. Todo se distorsiona, cada sensación se mezcla con el miedo, y me siento pequeña, débil, perdida.
—Por favor... No me hagas daño, por favor.
Mis palabras se quiebran entre sollozos, las lágrimas brotan sin poder controlarlas. Mi mente se resiste a aceptar la realidad, a ver lo que está ocurriendo aquí y ahora, porque todo lo que veo, todo lo que siento, me remite a un tiempo oscuro, a una celda que ya no quiero recordar. A la figura robusta, con una sonrisa maliciosa, acercándose con paso lento y calculado, y mi cuerpo retrocediendo, buscando escapar, pero siempre tropezando con las sombras del pasado.
—Pía, respira.
La voz de Valeria llega como un susurro lejano, una ráfaga de luz entre la oscuridad. Pero mi mente está atrapada en recuerdos que no puedo controlar. Vuelvo a sentir el peso de mi angustia, el sabor del miedo que me quema la garganta. Y mientras la confusión me consume, veo a Valeria, apenas un reflejo borroso en mi visión, arrodillándose a mis pies, con el rostro contorsionado por el dolor. Sus esfuerzos por acercarse a mí, por calmarme, me hacen sentir como si el mundo se estuviera desmoronando sobre mí.
—Cállate, joder, es mi amiga.
El desconocido, el moreno, se acerca, pero Valeria no se detiene. Su mirada, cargada de dolor y determinación, se enfrenta a él con una fuerza que yo no tengo. Pero mis ojos, centrados solo en él, no pueden dejar de verlo. Su presencia me arrastra hacia un lugar oscuro, hacia una amenaza que no puedo comprender completamente, pero que siento tan cercana, tan peligrosa.
—Por favor, no dejes que me haga daño, te lo pido... Dante no... No lo dejaría.
Mi voz se quiebra, mis palabras son fragmentos de una realidad rota. Mis manos tiemblan mientras intento aferrarme a algo, a cualquier cosa. Miro mi entorno en busca de una salida, de una forma de protegerme, pero todo lo que encuentro son sombras, objetos dispersos que parecen burlarse de mí.
El moreno avanza, y puedo ver cómo se deshace del cinto de su pantalón. Un nudo de pavor se forma en mi estómago, y el miedo se intensifica como una oleada imparable. Un grito se escapa de mi garganta, pero es ahogado por las arcadas que me retuercen el estómago, mientras el pánico me consume por completo. Todo lo que puedo hacer es llorar, temblar, luchar por no caer en el abismo que amenaza con tragármelo todo.
—No te atrevas a tocarme, cabrón...
Mi voz tiembla, un chillido desesperado que parece no llegar a nadie, mientras mi cuerpo se sacude en espasmos involuntarios. El aire se vuelve denso, cada inhalación es una lucha, y las lágrimas caen sin control. Mis pensamientos se disuelven, se pierden en un mar de angustia. El miedo, la impotencia, la desesperación me atraviesan y mi mundo se desvanece. No sé si estoy aquí, si estoy viviendo esto, o si todo es un mal sueño que nunca terminará.
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Perfect Doom
RomanceDicen que el amor puede cambiarlo todo, pero ¿qué pasa cuando ni siquiera crees en él? Dante Vivaldi no cree en promesas, y Pia no tiene tiempo para cuentos de hadas. Sin embargo, cuando sus mundos chocan, descubren que el dolor y la esperanza no s...
