Capítulo 4

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Salí con rapidez del cuarto de Aradia, rezando, en realidad rezando por no encontrarme con nadie en el pasillo, cruzando las cuatro puertas que me separaban de ella, encerrándome ahí, pegando la espalda en la madera.

Miré hacia abajo, observando la notoria erección que ahí se marcaba, maldiciendo a Aradia por ser tan estúpida ¿Es que no se da cuenta de como me pone cada vez que compartimos el mismo espacio?

Maldito sea el día en que nací como su Segundo.

Desabroché mi pantalón, bajé el cierre y liberé mi pene, rodeándolo con ásperas manos, apretándolo con fuerza, deseando sentir un poco de dolor, castigándome por desear a Aradia, mi Boss, mi dama, la mujer más importante de mi vida, aún más que la mujer que elija para casarme y seguir la tradición.

— Aradia...

Gemí, apoyando la cabeza en la puerta, apretando los dientes, deslizando la mano que sujetaba mi pene de arriba hacia abajo, con rudeza, apretando la punta volviendo a bajar hasta la empuñadora, provocando que los gruñidos se me escaparan entre los dientes, maldiciéndome por pensar en ella en ropa interior, con sus diminutas bragas y el brasier con esos generosos pechos cargados y apretados entre sí, esa cintura pequeña, ese tatuaje que me vuelve loco cada vez que lo enseña "Fiel a Lucifer", la serpiente en su pierna, enroscándose con malicia por esta, con la cabeza descansando de forma amenazante en su cadera... esas deliciosas caderas... que no daría por dejar tatuados mis dedos en ellas... marcar todo su cuerpo, que todo quien la observe sepa que ya fue mía...

— Que no daría...

Gruñí de nuevo, masturbándome con dureza, castigándome y satisfaciéndome por igual, pensando en ella de esta forma tan vulgar, imaginando sus sonrisas coquetas, su mirada penetrante, el pequeño roce de labios de hace un momento... no pude contenerme, lo intenté, pero la idea de que ella me odiara me volvía loco, no pude controlarme.

— Mierda...

Apreté los dientes, terminando por correrme en gruesas descargas en mi mano, manchando el pulcro piso en el proceso, pero ni aún así pude bajar la maldita erección que lleva el nombre de ella, la culpa de ella.

¿Por qué? ¿Por qué no puedo hacerla mía?

***

ARADIA

Sabina llegó más rápido de lo que pensé. Para cuando abrí la puerta, cargaba con un vodka, un tequila, un bourbon y una champaña rosé, sonriendo muy orgullosa por su asalto.

— Y no se dieron cuenta, que fue lo mejor — dejando todo en el escritorio— ¿Los vasos están en el lugar de siempre?

— Sí, el lugar de siempre — suspiré— Hoy quiero conocer el hospital para que me lleven a hacer un lavado de estómago de lo mucho que voy a beber.

Aradia "La selección" #2 (+21)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora