36. Soy Una Marginada

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Ebi se sentía expuesta. No es que antes no haya sido interrogada por un psicólogo o psicóloga, pero hablar de su pasado para encubrir algo de su presente le causaba conflicto.

Le dolió el buscar en su cronología de vida los eventos que solían ser borrosos. Con ello, recordó algunas cosas que aseguraba ya no eran importantes, pero una persona como ella, que al parecer solía ser torturada por la vida misma, tenía mucho que la marcaba hasta su presente. Y cada recuerdo ácido se clavó más en su corazón clamando su existencia estorbosa.

No se sentía bien. Pero si tocaba escoger lo que quería experimentar, prefería sentir su propia traición, que fuera eso a los golpes múltiples de Dean y como consecuencia una cara hinchada. Al menos si ella daba el golpe hacia sí misma, dolería menos. No porque el golpe lo diera con menos fuerza, si no porque viniendo de algo como ella, le resulta insignificante.

Y el dolor de la traición propia, clavaba en su corazón los recuerdos más filosos. Creyó que estos habían terminado desde que salió de la sesión con los psicólogos, pero no, estos seguían surgiendo.

Recordó la primera vez que le tocó leer en voz alta estando en la escuela, ella se levantó de su asiento con agresividad y salió del salón para esconderse. En su ignorancia, Ebi sabía que cuando el director la sentaba en sus piernas para leer Perdido de Hilda Perera, su sesión consistía en que él la tocara tras cada párrafo leído, y si se equivocaba la hacía repetir toda la lectura hasta que terminará a la perfección. Aquel recuerdo ahora le daba enojo, pero en ese tiempo, sin saber qué era lo que estaba pasando, solo sabía que algo en su corazón le decía que estaba mal, algo en su cabeza le decía que él tenía que parar porque la hacía sentir pequeñita.

Ebi subió las escaleras del puente mientras suspiraba ante los recuerdos que golpeaban su mente. Su cara se iluminó cuando vio a Lana con el rostro sobre sus brazos, y la tristeza que moraba en su interior cesó ante la pizca de esperanza. Aceleró su paso con entusiasmo, y puso ambos brazos sobre el barandal esperando impulsarse.

-Lana -exclamó con notable alegría.

Lana inmediatamente la recibió con un abrazo. Ebi esta vez le respondió con más fuerza de la acostumbrada.

Ambas se quedaron en silencio y se separaron.

-No esperaba encontrarte.

-Yo sí, te estaba esperando.

Ella se sorprendió

El rostro de Lana había sanado un poco. Sin embargo, el golpe era evidente y llamaba la atención, pese a que Lana hiciera uso de su cabello café claro. Este apenas cubría el origen del color morado.

-¿Estás bien? -preguntó Ebi, por el último encuentro.

Lana bajó la mirada.

-No-confesó a secas.

Ebi se quedó en silencio. Lana se agachó a la altura de su mochila y sacó su celular para extenderlo hacia Ebi.

-Yo... por eso quería hablar contigo.

Ella la miró extrañada y tomó su celular entre sus manos.

-Yo también lo necesito -confesó.

Lana sonrió.

-Por eso somos amigas, ¿no? Yo te escucharé y tú a mí.

Ebi asintió con una sonrisa discreta. Ella le extendió el celular a Lana, así que lo tomó para guardarlo nuevamente en su mochila. Se acercó lentamente, tomó su mano y posó su rostro sobre su mejilla para recargarse suavemente.

-Escúchame... -dijo Lana con una pequeña variación en su tono usual de voz -. Por favor...

Ebi la abrazó rápidamente. Lana se sintió reconfortada entre sus brazos y suspiró.

VÍCTIMAHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora