50. Tú eres yo, tú eres ella (1/5)

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Habían pasado varias semanas desde la muerte de Lana, a su vez que la ausencia de Dean era notoria en la escuela. No es que Ebi pudiera estar sin bullying en su día a día, para eso estaban Uniel y Joe, pero la presencia del personal llevando maquinaria de los salones, integración de nuevos maestros y visitas de otras escuelas privadas no les dejaban la misma libertad. Se destacaban diversas cosas dentro de la escuela, como que Uniel y Joe se aburrían más rápido de Ebi si no se trataba de golpearla, en su lugar se ponían a hacer cosas que cualquier estudiante haría en su día a día, como hablar con sus amigos, comentar alguna salida que hayan tenido o quejarse de lo estresante que solía ser la escuela, así como sus compañeros, que ahora sólo la ignoraban y la excluían de todo trabajo de equipo, quizá con alguna ofensa. Que no era como un golpe físico pero que dolía de igual forma.


Las miradas feas y la exclusión le incomodaban al grado de sentir pena por ser quien era. A veces su pensamiento recurrente de no vivir ¿Y por qué no? ya había perdido a su amiguita con quién se encariñó en poco tiempo y su vida en general pintaba para algo incierto.


"¿Y si me voy también?" se preguntaba en sus momentos de soledad "¿Qué me diría Lana?".


Ebi no podía dejar de pensar en ella desde que habló a la ambulancia en estado de shock, no había dejado de pensar en lo que pudo haber sido. Sabía que el impacto se había llevado su vida de forma violenta, eso se entendía después de que de este líquido escarlata salpicara tenuemente en Ebi.


¿Ha sido justo? No, Lana sólo era una víctima más, una víctima qué no pudo hablar y que la vida trató miserablemente hasta su último aliento.


Pese al coraje y el maldecir la situación día a día, tenía que admitir que aún no procesaba que Lana ya no estaba, pensaba verla en el puente y darle un abrazo. Ella se negaba a qué ya no estuviera y a veces hablaba en voz baja al pasar por el puente simulando su compañía.


Ella llegó a su salón y se sentó en el pupitre del fondo. Aquel rincón que constantemente era habitado por ella y que le daba una especie de seguridad quitando las miradas juzgadoras del centro.


Ebi recargó su rostro sobre sus manos que reposaban en la mesa y levantó la mirada sutilmente al sentir la presencia de alguien más.


Ahí estaba, era Uniel que la miraba fijamente sin decir ni una sola palabra, pero con un lenguaje corporal que lo decía todo: él apretaba sus puños e inclinaba su cuerpo hacia ella, indicando que en cualquier momento se abalanzaria.


Ella levantó su rostro y su cuerpo se tensó a modo de alerta, era evidente que algo quería, y él no decía nada aún. Sólo miro por fuera del salón y cerró la puerta tras de sí.


—¿Qué... pasa? —dijo Ebi ante un silencio incómodo.


Él se acercó lentamente y ella retrocedió tratando de mantener una distancia que le permita huir. Pero en un instante él se decidió aventar hacia ella tirándola al piso.


—¡Uniel! —gritó Ebi mientras le enterraba las uñas en la cara.


Uniel no dijo nada, ni siquiera la insultó o se quejó de los golpes de defensa. El corazón de Ebi comenzó a latir fuertemente ante el pánico, no le había dado una salida, no había una petición de por medio, sólo la atemorizaba porque sí. Y sí, ante la fuerza de sometimiento supo lo que quería, algo que no se habían atrevido a hacer.


Alguien entró al salón, pero ninguno de los dos se percató. Era Dean, observaba la escena extrañado, y por un momento entró en trance.


Veía como Ebi intentaba defenderse, pero simplemente no le resultaba, y por un momento sabía que no iba a poder, lo que hacía preguntarse: ¿Por qué luchaba si no iba a poder contra la fuerza de Uniel? ¿Siempre fue así? ¿Por qué se empeñaba en luchar sabiendo que los golpes llegaban siempre a ella tarde o temprano? Pronto se dio cuenta que los movimientos de Uniel no eran golpes, si no que tenían la intención de tocar alguna parte de su cuerpo. Algo nuevo en la dinámica de molestar a Ebi.


"No vas a poder" pensó Dean.


Ella buscaba quitárselo de encima, pero él le confirmaba que su lucha no lo agotaba en nada.


—¡Profesor!


Dean observó pasmado, inmóvil. Y en su expresión mostraba una mirada llena de miedo.


A Lana también le habían hecho algo similar: las grabaciones que se mostraron como evidencia en el juzgado habían mostrado que un niño se había acostumbrado a tocar a Lana repetidamente cuando la golpeaban los demás.


Pero Ebi no era Lana, lo que le pasará le tenía que dar igual. Pero ver desde lejos como se presentaba un abuso le daba náuseas y temor, porque alguna vez él estuvo luchando debajo de alguien con más fuerza.


Ahora, por alguna extraña razón, Uniel decidió ir más allá, destruirla de todas las formas posibles, física, emocional y psicológica.


El corazón de Dean estaba acelerado. No es sólo a él quien se veía ahí, si no a su hermana, y eso no podía darle más coraje. Al saber que es Ebi con quién se estaba comparando.


Su mandíbula tembló, y sin saber qué hacer dió media vuelta y cerró lentamente la puerta tras de sí.

VÍCTIMAHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora