50. Tú eres yo, tú eres ella (5/5)

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No era solo su voz, no era solo el horror de la escena. En algún momento, el sonido se transformó, ya no era Ebi quien estaba ahí. Era Lana.

El cuerpo de Dean se paralizó. Su mente, atrapada en un delirio enfermo le jugaba la peor de las trampas: veía a su hermana en su lugar. Veía sus lágrimas, sus ojos aterrados. Veía cómo la golpeaban, cómo su piel se llenaba de moretones oscuros, cómo la vida se apagaba lentamente en su mirada.

Su estómago se revolvió en un instante. Dio un paso atrás, sintiendo el pánico abrirse paso en lo más profundo de su ser. Entonces, dio la espalda a sus amigos y vomitó.

—¡Joe! —gritó Ebi, en un intento para que pararan,

Dean volvió a girar hacia la escena y su mente colapsó en un eterno glitch. De repente, se vio a sí mismo reflejado sobre Ebi. Su piel, su cuerpo destrozado, la forma en la que yacía en el suelo, le recordó como fue sometido antes de ser abusado. Y eso fue demasiado, algo dentro de él se rompió.

Gritó con una furia desgarradora. Su voz llenó el aula, recorriendo las paredes sucias y la madera astillada de algunos pupitres viejos. Uniel y Joe, que se reían mientras escupían sobre Ebi, se detuvieron un segundo y voltearon consopresa, pero apenas hicieron contacto visual con Dean, sintieron el impacto seco de un libro de pasta dura estampándose contra sus rostros.

El golpe resonó como un látigo. Uniel se tambaleó hacia atrás, llevándose la mano a la mejilla adolorida, mientras Joe se sujetaba la nariz, sintiendo la  sangre venir hasta gotear. Se miraron, primero aturdidos, luego furiosos.

—¡Déjenla! —rugió Dean, con la bilis todavía en los labios. Su cuerpo entero vibraba con rabia, las venas hinchadas en su cuello se notaban a corta distancia, su pecho se expandía con cada respiración forzada y gruñidos escapaban de su garganta

Joe y Uniel intercambiaron una mirada, perplejos, antes de ponerse de pie.

—¿Qué dijiste? —dijeron al unísono.

El aire se volvió pesado, sofocante. Dean no respondió, solo respiró hondo, y en un instante se lanzó sobre ellos como un animal enloquecido.

Su puño impactó en la mandíbula de Uniel con tal fuerza que lo hizo tambalearse contra los pupitres. Joe reaccionó de inmediato, embistiéndolo y haciéndolo chocar contra un pupitre que se rompió por el impacto. Dean sintió el filo de la madera rota clavarse en su espalda, pero no le importó.

Golpeó a ciegas con furia y sin pensar. Los tres cayeron al suelo, revolcándose entre golpes brutales, puños chocando contra carne y hueso, gruñidos de dolor y saliva mezclada con sangre.

Mientras tanto, Ebi intentó moverse. Pero su cuerpo no respondía. Se arrastró apenas unos centímetros, cada músculo gritaba su agotamiento, su ser estaba ardiendo como si su piel se desgarrara con cada intento. Todo era un torbellino de sombras y sonidos distorsionados. Sus propios latidos le retumbaban en los oídos como un tambor.

El frío del suelo abrazó su cuerpo. Su respiración, antes desesperada, empezó a calmarse... no porque el miedo se hubiera ido, sino porque su cuerpo ya no tenía energía para sentir. Sus dedos, que antes se aferraban con fuerza a su falda rota, se abrieron poco a poco, y estos cayeron inertes a los lados, como si ya no le pertenecieran.

El llanto cesó, pero no porque el dolor hubiera desaparecido, sino porque ya ni siquiera tenía fuerzas para llorar.

El parpadeo de sus ojos se hizo lento y pesado. Todo se volvió un eco lejano y entonces... solo dejó que sus párpados se cerraran.

VÍCTIMAHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora