55. Pequeños Pasos

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Natifa acercó su plato de comida a Lia, quien no estaba comiendo nada. Lia lo observó fijamente mientras frotaba sus manos entre sí, pegadas a su pecho, y después miró a su amiga, que la miraba fijamente.

—Toma.

Lia negó con la cabeza.

—Es que no has comido nada.

Natifa dividió las porciones de comida de modo que pudieran comer las dos.

—Mira, nos alcanza a las dos. Yo siempre traigo mucha comida.

Ella comenzó a comer a pesar de que su amiga tenía la mirada perdida. Natifa no sabía exactamente a dónde iban sus ojos, solo sabía que no la miraba a ella por la dirección de su cabeza. Comía y comía, esperando que ella también lo hiciera; quizá incitarla a comer juntas crearía en ella una costumbre o un vínculo. No por nada así había sido durante unos cuatro días y, por supuesto, a veces era un poco incómodo el silencio. Natifa lo detestaba —eso era cierto—, pero respetaba su silencio y, pasando tiempo con Lia, comprendía que era su forma de hablar o simplemente "estar presente", porque su silencio, a pesar de todo, decía mucho.

Más allá de toda la fachada de apatía que el resto de las personas en la escuela comenzó a creer de ella, Natifa empezó a empatizar, creyendo que ella sí hablaba, que ella gritaba en lo más profundo de su ser, que tenía una voz que aún no salía por completo, alguien que no decía su sentir. Ella no le decía "quédate conmigo", pero tampoco se iba, lo que daba a entender mucho.

Lia no tocó la comida que Natifa le había apartado; solo estiró sus piernas y clavó la mirada en el piso. Ella entendió su rechazo e imitó su lenguaje corporal.

—Tienes que comer —dijo Natifa mientras se daba la vuelta, dándole la espalda—. ¿Ya ves? Puedes quitarte la bufanda y comer tranquila, tienes que confiar en que no me voltearé.

Natifa cerró los ojos y comenzó a cantar una canción en su mente. Constantemente repasaba cuánto había avanzado con Lia; aunque no todos sus amigos veían avances grandes, ella sabía que había sido así. Ya no se quedaba en el salón durante las horas libres, escuchaba algunas palabras, también su "gracias", comenzó a recibir gestos de saludo o el negativo y afirmativo con la cabeza.

De repente, el silencio desapareció y se escuchó cómo el plato se arrastraba. Incluso Natifa prestó atención a los sonidos tan sutiles; sabía que Lia se había quitado la bufanda, a lo que sonrió.

Los días pasaron y Lia sentía más confianza. Por supuesto que no podía dejar de sentirse incómoda o ansiosa, pero se forzaba a dar el paso, eso se había prometido a sí misma cuando estuvo al borde de la muerte y también cada mañana cuando hablaba con ella misma en el espejo. Juró que enterraría todo de ella, tanto internamente como externamente. Claro que lo físico era más difícil: no se podía arrancar la piel para borrar toda huella de lo que alguna vez fue, pero para eso tenía que tener una nueva versión que poco a poco tenía que construir, incluso había considerado la cirugía estética.

A pesar de que no quería ser objeto de burlas, sabía que estar cubierta de todo el cuerpo no había sido una buena opción para pasar desapercibida, pero estaban hablando de la rara que se escondía detrás de esa ropa. Después de todo, las ofensas caían en las prendas y no en ella.

Tenía que admitir que no hablar en absoluto era doloroso. Mucho tiempo estuvo acostumbrada a no hacerlo, pero porque se lo ordenaban; siempre la mandaban a callar desde que era niña. Pero ahora que lo hacía por voluntad propia era como traicionarse a sí misma, y eso dolía un poco más. Así que le costaba expresarse, porque a veces sí quería, pero no sabía cómo o si debía. También llevar todas esas prendas con tanto calor no era agradable, aunque, justificadamente, tenía que hacerlo, porque todas esas molestias no eran nada comparadas con el dolor que llevaba dentro.

Había aprendido a no demostrar su verdadero yo, y mientras nadie supiera de ella, ¿qué podían criticar?

El celular de Natifa comenzó a sonar y ella contestó rápidamente.

—Ya voy para allá...

Lia se quedó en silencio y volvió a ponerse su bufanda por si alguien venía. Natifa se levantó y Lia la imitó; no tenían que decir más, ya habían escuchado que era hora de ir a sus clases.

—Recuerda pedirle a la directora que te meta a mi clase, ¿te parece? Así podremos estar juntas.

Lia asintió rápidamente.

Las dos se fueron en dirección contraria una vez que llegaron al edificio central y se despidieron. Había algunas clases donde Lia estaba sola, todos los del grupo tenían algunas clases en común y otras no, lo que le presentaba un reto a Lia, porque ahí es donde de verdad nadie la integraba o notaba su existencia. No es de sorprender que empezó a tener la sensación de ser invisible cuando Natifa o los demás se iban.

Lia volvió a mirar en su dirección. Pensó en decirle a Natifa que la acompañara a su salón, que tenía de nuevo miedo, pero no lo hizo, porque tampoco quería desviarla de su camino. Volvió a girar cuando chocó con una chica.

—¡Ay, quítate del camino!

La chica la miró con el ceño fruncido, hasta que Orlando la empujó interviniendo la situación.

—¡Quítate tú! ¡Tremendas gafas que te cargas y no ves!

La chica rió a modo de burla y volvió a mirar a Lia con asco, pues antes no la había visto. La primera impresión generó rechazo y quería hacérselo saber, estaba a punto de decir algo, pero Orlando se puso enfrente, rompiendo su contacto.

—Vete —replicó Orlando.

Él formó una pequeña barrera enfrente de Lia. La chica no dijo más y se fue.

—¿A dónde ibas? ¿Quieres que te acompañe?

Lia dudó.

—A mi salón.

—¿Dónde te toca?

Lia guardó silencio por un largo rato, él estaba haciendo más preguntas.

—Voy contigo... ¿quieres?

Lia no quería que Orlando la llevara porque no era Natifa. Él no le caía mal, simplemente no lo conocía y no tenía la misma seguridad. Pero tampoco quería estar sola, porque siempre le pasaba algo, o al menos así lo había identificado.

Ella dudó, pero solo se limitó a asentir.


Holaaa, ya regrese, habra otro capitulo esta semana

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de verdad que ya sere mas constante, adjunto foto de prueba, en proceso el capitulo 56 c:

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⏰ Última actualización: Apr 16 ⏰

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