52. La Verdad

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Dean y Uniel estaban sentados frente a la directora. Ella escuchaba las acusaciones de los profesores con una mirada que intentaba no dejarse atravesar por la confusión, como si estuviera en un mal sueño del que no puede despertar. Aquellos dos alumnos que habían sido ejemplo en el deporte ahora le generaban preguntas que no encajaban con la idea del orden que había intentado mantener en la escuela.

La directora bajó la vista, como si intentara no procesar lo ocurrido ¿su colegio era perfecto? Claro que no. Había siempre grietas que desconocía, pero había cosas que ni siquiera imaginaba que podrían explotar así. El silencio en la oficina hacía más pesada la sala, nadie entendía de aquel apagón en el edificio doce, cuando las prácticas de ingeniería debían haber terminado. Y tampoco podían explicar cómo la rabia de unos alumnos transformó aquel salón abandonado en un refugio de golpes, sangre y pupitres rotos. ¿Nadie lo oyó? ¿Nadie intervino?

La directora suspiró y sin más, se alejó hacia los maestros que discutían con los padres. Cerró la puerta con un ruido seco. El golpe sacudió la habitación.

—Todo esto es tu culpa —dijo Uniel, volteando la mirada, con la voz contenida.

Dean frunció el ceño todo lo que pudo, su cara inflamada no lo permitía. Respiraba con ruido, como si cada inhalación le costara un poco de conciencia y sus manos temblaban sin razón aparente.

—Mírate —dijo Uniel con burla—. Ya te volviste loco.

Había algo en la palabra que flotaba: la duda sobre su cordura. Uniel intentó mantenerse en el presente y no dejarse arrastrar por la idea de que su amigo se estaba rompiendo desde qdentro.

Dean le dio la espalda y rió, una risa amarga y corta. Vulnerable y al mismo tiempo, con un “algo” de arrogancia que siempre irritaba.

—Ja. Te lo dije —dijo Uniel intentando tomar ventaja sobre Dean. Donde él por primera vez, no era su perro, si no que era el que llevaba el mando o eso quería creer.

—¡Cállate! —estalló Dean, como si las palabras de Uniel fueran astillas en su ego.

Uniel lo observó con el ceño fruncido. La tensión en el aire era una cuerda que cualquiera podía cortar. Dean se incorporó y avanzó un paso.

Uniel tomó la bolsa de hielo que le habían dado en la enfermería y la presionó sobre su ojo morado, el frío golpeó su piel hinchada.

—Eres un idiota —dijo Uniel limpiándose después la sangre del labio—. Tú empezaste con Ebi ¿Y ahora la defiendes?

—¿No sabes que los gritos eran tan fuertes que cualquiera lo habría notado? —excusó Dean.

—No, no se escuchaban —respondió Uniel— Hay algo más y lo sabes. ¿Acaso una iluminación divina te alcanzó ahora? ¿De verdad esperas que nos creamos que te arrepentiste en este momento?

—Se estaban pasando —murmuró Dean con una mueca, como si apenas pudiera nombrarlo—. Se estaban pasando.

—¿Se estaban? —Uniel se levantó de un salto, la acusación había prendido de nuevo la ira en el aire— ¡Fuimos los tres!

—¡Yo ya no participé en eso! —Dean se defendió con la voz quebrada, intentando que la palabra fuera verdad, como si al decir eso borrará todos sus actos anteriores.

Uniel se giró, en guardia para que nadie más los escuchara. Dean bajó la voz hasta que fue casi un hilo.

—Yo no le hice nada.

—¿Y todas las otras veces, entonces? —le debatió Uniel— ¡No seas un maldito hipócrita!

Ambos se miraron, controlando la rabia como si fuera una herida abierta, aunque era difícil sostener el tono cuando lo que necesitaban era romperse a gritos.

VÍCTIMAHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora