Capítulo 32: Misión en el planeta Tarsex (IX)

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Cuadrante 36, Sistema Malvarala, planeta Tarsex.


 - ¡Mira Auber! - exclamó Umber -. ¡Tomber ya sale del campamento!

Auber se acercó a una de las ventanas de la tuneladora y observó el cielo. Su compañero tenía razón, el marshelita había abandonado el campamento tardaliano a toda velocidad, dirigiéndose al sur, hacia la posición de Prico. Tendrían, con suerte, un cuarto de hora antes de que regresase. Por ahora todo iba según el plan.

- Perfecto, ha llegado el momento de comenzar con la fase dos – le dijo a Umber -. ¿Recuerdas cómo se distribuye su campamento?

- Si – afirmó Umber rememorando lo que Auber le había explicado -. Un recinto amurallado con una única entrada. A la derecha los almacenes, la sala de interrogatorios y la enfermería. A la izquierda los barracones, la torre de señales y el aeródromo. Por último, en el frente está el centro de mando y el laboratorio.

- Correcto – le felicitó Auber, gratamente sorprendido por la memoria de su compañero. Tras su espesa capa de timidez, Umber había demostrado contar con una mente ágil y despierta. Era una suerte, la necesitaría para completar la misión -. Pongámonos en marcha. Tú iras a la izquierda y prepararás nuestras naves introduciendo de nuevo los códigos para activar el control remoto. Mientras, yo iré a la derecha y rescataré a Lych e Ion. ¿Entendido?

- Si – exclamó Umber. Su voz sonaba ligeramente temblorosa, de nuevo invadida por el miedo a la acción.

- No tienes que entrar en combate – le recordó Auber para animarle. Ahora no podía permitirse que el saiyan sucumbiese a sus temores -. Actúa con sigilo. Los tardalianos no tienen rastreadores y tu velocidad es superior a la suya. ¡Aprovéchala! ¿Puedo contar contigo?

- ¡Si señor! - dijo Umber con algo más de entusiasmo, si bien esto no bastó para disipar las dudas de Auber.

Tengo que confiar y valorar las habilidades de mis compañeros – se dijo recordando las palabras del capitán Raditz.

- ¡Pues en marcha! - exclamó finalmente.

Los dos saiyans abrieron la compuerta de la tuneladora y salieron al exterior. La habían estacionado dentro de un pequeño bosque, situado a unos cuatro kilómetros del campamento tardaliano. El enorme vehículo, forrado de metales y cristales de exel, destacaba demasiado y Auber no había querido acercarse más por temor a que los radares del enemigo lo detectasen. Gracias a los conocimientos que había extraído de la mente de Velimar, conocía con bastante exactitud los límites y capacidades de los tardalianos. Una vez más, le debía todo su éxito al entrenamiento y las técnicas de Morello. Sin embargo, no podía evitar sentir cierta punzada de culpa por haber manipulado la mente de Velimar de aquella forma.

Al final no era muy diferente de nosotros – reflexionó el saiyan -. Solo un peón más arrastrado por las intrigas y conquistas del Imperio Galáctico.

En apenas un minuto, avanzaron corriendo a toda velocidad por la superficie boscosa hasta estar a un kilómetro del campamento.

- ¡Detente, es aquí! - dijo Auber -. Ahora traspasaremos la barrera andando para confundirnos con la fauna local.

Los dos saiyans atravesaron el perímetro invisible de la barrera. No saltó ningún tipo de señal, al menos nada que pudiesen percibir. Una vez superada, caminaron cien metros para alejarse de la zona de detección y reanudaron su carrera. En la entrada a la base les esperaba un único guardia. Por lo que sabía de los recuerdos de Velimar, la puerta siempre estaba vigilada por dos soldados. Sin embargo, allí solo había uno. Sin duda andaban cortos de personal tras la pérdida de la mitad de su guarnición a manos de los saiyans.

Dragon Ball: una historia de los saiyansHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora