Capítulo 54: Terror en la ruta a Malvarala V

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Cuadrante 36, Sistema Malvarala, lanzadera Oasis 05, sala de carga.


- ¡Maldito desgraciado! - gritó Lych abalanzándose sobre Fig.

Atacó con todas sus fuerzas, rápido y preciso, demasiado para los reflejos de su rival. Sin embargo, en el momento de hacer contacto, su golpe se encontró con la nada. Trastabillando, un pinchazo en su pierna derecha lo alertó del peligro y, retrocediendo de un salto, marcó distancias con Fig. Un intenso dolor recorrió su extremidad dañada.

- ¿Duele verdad? - exclamó Fig esbozando una amplia sonrisa, antinatural, al tiempo que le mostraba dos dedos de su mano izquierda -. Creo que te he dañado el sóleo, deberías ser más cuidadoso. Después de todo, ya te han advertido sobre mis poderes.

- Maldito - murmuró Lych sujetándose la pierna herida. Se había dejado llevar por la ira al contemplar la muerte de Auber y su rival lo había aprovechado. Debía mantener la distancia y evitar por todos los medios que el rathasha, porque por muy increíble que pareciera eso era lo que tenía ante sus ojos, le atravesase el cuerpo.

- Maldito... No te equivocas. Lamento lo de la herida – siguió Fig con voz profunda -. Por norma general intento que mis víctimas sufran lo menos posible pero, una vez llegado este punto, me temo que será imposible. A menos que decidas rendirte, claro.

- ¡¿Qué demonios es lo que quieres monstruo?! - bramó Lych para ganar tiempo mientras recuperaba la movilidad de la pierna.

Tengo que encontrar una forma de hacerle daño – pensó el saiyan mientras analizaba su entorno en busca de alguna ventaja en el terreno. Observar el cadáver de Auber hizo que le hirviera la sangre. Era increíble lo rápido que su referente había perdido la vida, un recordatorio de lo peligroso que era el enemigo que debía enfrentar.

- ¿De vosotros? Nada – respondió el rathasha mientras avanzaba hacia él -. Solo estáis en la nave equivocada en el momento menos adecuado. Sucede más a menudo de lo que imaginas, crees que te encuentras en la cima de la cadena alimenticia y, de improviso, aparece un pez más grande que te recuerda lo inmenso que es el océano. Eso lo tenemos en común. Mi especie también se creía en la cúspide de la evolución hasta que los demonios del frío nos impusieron la cruda realidad. Ahora ya no existimos, yo no existo, solo somos ecos de un pasado aparentemente glorioso. El futuro es de los demonios del frío y nosotros debemos conformarnos con ser el instrumento de sus intereses.

- Así que era eso – dijo Lych dándole coba -. Eres uno de los servidores de Cooler. Pues en ese caso ya deberías saber lo que ocurre cuando te metes con los saiyans.

- Frío, frío – exclamó el rathasha -. No perdamos más tiempo. Mi señor espera resultados y aún hay mucho que limpiar en esta nave antes de lograr sus objetivos.

Un ataque directo no tendría sentido, simplemente lo atravesaría y su rival ya había demostrado que podía volver partes de su cuerpo corpóreas a voluntad. En cuanto a los ataques de ki, por mucho que redujese su poder, si fallaba acabarían todos muertos en el espacio.

Ojalá tuviese una técnica como la de Ange – se lamentó recordando las corrientes eléctricas en las que la saiyan era capaz de transformar su ki. Solo había una opción para frenar a su rival.

- ¡Quieto, no te muevas! - dijo mientras alzaba su mano derecha y concentraba una considerable cantidad de energía en ella -. Si de verdad no puedo vencerte, no existe ningún motivo para no destruir toda la nave. Moriré, pero tu vendrás conmigo.

Dragon Ball: una historia de los saiyansHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora