Capítulo 50: Terror en la ruta a Malvarala (I)

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Cuadrante 36, Sistema Malvarala, lanzadera Oasis 05, comedor.

Un día antes de la ofensiva en Malaxis...


- Lo que yo os diga cara monos – insistió Jared Ordalis esbozando una juguetona sonrisa mientras continuaba removiendo su cuenco de raciones -. Lo vi con mis propios ojos, una inmensa puerta dorada, más grande que el mayor de los soles, flotando justo en los confines del universo conocido. ¿A qué si Perquín?

El moerdiano, mudo de nacimiento, agitó su cara lobuna para confirmar las palabras de su capitán. Los cinco saiyans sentados a la mesa lo observaron sin disimular su escepticismo. Incluso Ion arqueó una ceja ante la disparatada historia del contrabandista.

- ¡Eso es una chorrada! - dijo Fig -. Una puerta tan inmensa como dices figuraría en los archivos imperiales. De hecho, sería toda una atracción galáctica.

- ¿Qué hay tras ella? - preguntó Auber.

De todos sus compañeros, él era el único interesado en los relatos de Jared Ordalis. Siempre había adorado las buenas historias y, por muy inverosímiles que fuesen, era indudable que Jared era un extraordinario narrador. Además, tampoco había mucho más que hacer durante el viaje y escuchar al contrabandista era una distracción tan buena como cualquier otra mientras regresaban a Malvarala.

- Eso depende de la historia que quieras creer – respondió Jared -. Algunos dicen que es la entrada a un nuevo universo, otros que es la morada de los dioses y, los más pesimistas, que se trata del acceso a los infiernos donde el rey Dabra aguarda a que algún incauto habrá la puerta y desate el terror del inframundo sobre todos nosotros. Puedes elegir la que quieras. Lo que si puedo decir es que la puerta no tiene cerradura, así que no hay una forma convencional para abrirla...

- ¡Seguro que es una palabra mágica! - exclamó Umber con entusiasmo -. Este tipo de misterios siempre se acaban solucionando con magia.

- Si, eso pone en el manual del explorador, sección sexta, párrafo dos. Ante la duda, emplear magia a discreción – añadió Lych con ironía.

- ¡Chorradas! - exclamó Fig -. ¡Capitán, no son más que cuentos de piratas espaciales!

Auber sonrió ante la indignación de su compañero. El joven saiyan se había unido a su escuadrón tras la partida del capitán Raditz y parecía tomarse muy en serio su labor como enlace de inteligencia con los archivos del Cuerpo de Exploradores. Aún le costaba asimilar que lo hubiesen nombrado capitán de escuadrón...

- Crea lo que quiera maese simio – respondió Jared con tono jovial – Pero el universo es demasiado inmenso para tener una mentalidad tan estrecha.

Fig bufó ante el comentario y se levantó de la mesa indignado.

- Voy a ver que tal le va a Prico – dijo el saiyan ignorando a Jared y, despidiéndose del grupo con un ademán, abandonó el comedor.

- Para ser una raza de guerreros sanguinarios sois terriblemente sensibles – dijo Jared mientras cogía el cuenco de comida que había dejado Fig -. En fin, menos para repartir.


Cuadrante 36, Sistema Malvarala, lanzadera Oasis 05, pasillo al montacargas.


Contemplar la inmensidad que se extendía ante sus ojos provocó que una gota de sudor resbalase por la frente de Prico. Siempre había odiado viajar en una nave espacial. Después de todo, por muy poderosa que fuese su raza, eran incapaces de respirar en el espacio, dependiendo totalmente de ese frágil ataúd de acero para sobrevivir. Un fallo del sistema, un ataque de una nave enemiga y acabarían con sus cuerpos flotando inertes por el cosmos.

Esa no es forma de morir para un saiyan – pensó con disgusto.

Llevaba varios días con un humor de perros, y no solo por la nave. Los últimos acontecimientos en Tarsex habían trastocado su existencia y, por mucho que lo intentase, era incapaz de eliminar el amargo sabor a fracaso de su mente. Todo le había salido mal en esa misión. Primero se había equivocado al precipitarse en su combate contra los tardalianos y, luego, había sido incapaz de derrotar a un brench malherido. El único motivo por el que seguía vivo era por la ayuda de su capitán. Tres veces le había salvado Auber a pesar de que la lógica y su pasado conjunto deberían haber hecho que lo abandonase. Todo lo contrario que sus antiguos compañeros. Aún recordaba las mofas de Melo y Cado por no entrar al Cuerpo de Guerreros, una humillación cuya cicatriz tampoco había cerrado. Nada tenía sentido.

Soy lamentable... – se recriminó por enésima vez.

- ¿Es sobrecogedora verdad? Contemplar la galaxia hace que hasta el más poderoso del universo se sienta diminuto. Incluso la fuerza de los demonios del frío palidece ante la inmensidad del cosmos.

Prico se giró para comprobar el origen de la voz y se encontró de frente con la reptiliana figura del consejero Silash.

Justo lo que necesito para mejorar mi ánimo, un filósofo – pensó.

- ¿No te parece impresionante? - insistió Silash.

- Si, claro... ¿No tienes ningún otro sitio dónde tocar las narices? - repuso Prico dándole la espalda al reptil.

- A veces me gusta imaginarme ahí fuera, flotando por el espacio – continuó el consejero -. Seguro que es una sensación refrescante, lanzarte al vacío y dejar que la nada te envuelva. ¿Sabías que ese es el origen de todos los seres del universo? Polvo viajando por el cosmos... Me encantaría experimentarlo, aunque solo fuese una vez. Sin embargo, mi señor nunca lo permitiría.

- ¿Qué pasa, tu sangre fría no te bombea oxígeno al cerebro? - dijo Prico girándose de nuevo -. Estas como una cab...

Las palabras murieron en la boca del saiyan. Donde antes se encontraba el consejero Silash, ahora había una masa antropomorfa de pura oscuridad. Solo dos puntos de un brillo iridiscente a modo de ojos daba algún contraste al negro vacío que era su forma, como si el espacio exterior se hubiese materializado ante él.

- La vida es una cosa triste saiyan – dijo una voz gutural desde el interior del vacío -. Tu querías ser un saiyan de élite y has acabado como explorador mientras que yo, que ansío regresar a la nada, me veo obligado a tomar una forma tras otra. Por desgracia para ti, hoy esa forma será la tuya.


Cuadrante 36, Sistema Malvarala, lanzadera Oasis 05, comedor.


La señal de emergencia resonó por todos los rincones de la nave, avisando de que algo iba mal.

- Vale, que no cunda el pánico, seguramente ha sido Maty – les tranquilizó Jared mientras se levantaba de su asiento y se acercaba al intercomunicador junto a la puerta del comedor - Habrá detectado un campo de asteroides y, como de costumbre, estará en estado de pánico. Nada que no arreglen unas palabras de ánimo y un buen par de calmantes.

Auber se levantó de su asiento ignorando las palabras del contrabandista. Tenía un mal presentimiento.

- ¡¿Capitán Auber, me recibe?! - resonó la voz de Fig a través de su rastreador.

- Te recibo Fig, ¿qué ocurre, has activado tú la alarma? - preguntó Auber mientras cruzaba mirada con Jared. El intercomunicador del comedor no daba respuesta.

- ¡Si, he sido yo! - exclamó el explorador -. He encontrado un cadáver en el pasillo de camino al montacargas. Tienen que venir enseguida. Prico...

Dragon Ball: una historia de los saiyansHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora