Cuadrante 36, Sistema Malvarala, Planeta Malaxis.
Los estallidos provocados por los cañones de éter iluminaban el cielo del planeta Malaxis. Sin embargo, a pesar de la intensidad del ataque, las reducidas dimensiones de las naves de asalto imperiales y la distancia a la superficie hacían casi imposible conseguir un impacto certero.
- ¡Se encuentran a 314.000 km! – exclamó uno de los soldados tardalianos encargados de los monitores vinculados al sistema de rastreo. En la pantalla podía observarse como las cinco fuentes de calor, los cinco invasores saiyan, se acercaban a toda velocidad hacia su posición. Habían detectado su llegada hacía tres horas y, rápidamente, el prefecto Serpicus había movilizado a la unidad de artillería para preparar la defensa. Desde el monitor central, él era el encargado de coordinar la ofensiva de las baterías de cañones de exel.
- ¡Concentrad el ataque en la nave 05! - exclamó el prefecto Serpicus y, al instante, la trayectoria de los cañones comenzó a trazar un cerco para arrinconar al objetivo.
Por su parte, el prefecto Acter observaba los esfuerzos de sus hombres con gesto indescifrable. Cornelius, su superior, se encontraba a su lado y esbozaba una confiada sonrisa. Las últimas semanas de espera habían sido una tortura para el inquieto legado y estaba deseando entrar en acción. Sin embargo, Acter no se encontraba tan entusiasmado. Había luchado contra los saiyans en varias ocasiones desde su invasión fallida a Tardalia y sabía que eran enemigos temibles, fieros y muy resistentes. No convenía subestimarlos.
- ¡Toma ya! - exclamó el prefecto Gayo, el otro subalterno de Cornelius junto a Serpicus y Acter. Un pulso de energía había impactado contra una de las naves saiyans y la había desintegrado, justo antes de entrar a la atmósfera. El júbilo se extendió entre los soldados del cuerpo de artillería.
Uno menos – pensó Acter. Si bien los pulsos de energía de los cañones no tenían la potencia para matar a un saiyan, la ausencia de oxígeno del espacio si que lo haría. Solo quedaban cuatro.
Nuevos gritos de euforia resonaron por el campamento cuando un segundo proyectil hizo estallar otra de las naves imperiales. Acter se permitió sonreír ante el inesperado acierto. La reputación de Serpicus como mejor artillero de Tardalia era bien merecida.
- Acter, Gayo, preparaos – advirtió el legado Cornelius mientras estiraba su ancha espalda y hacía resonar las escamas de su armadura de combate -. Acabaremos con ellos de un solo golpe.
Acter adoptó una posición de ataque. Las tres naves restantes habían atravesado ya la atmósfera y era solo cuestión de segundos que los saiyans se abalanzasen sobre ellos. Por un momento, deseó contar con uno de los rastreadores de energía del Imperio. Según los informes de inteligencia, la fuerza de un saiyan de élite rondaba las 8.000 unidades, si bien Acter sabía por experiencia que había saiyans mucho más poderosos. Una imagen de Nap el Troll cruzó su mente, obligándolo a contener un escalofrío. Después de tantos años aún tenía pesadillas. Aquel monstruo, de más de 50.000 unidades, había estado tan cerca de llevar al colapso a su mundo...
Nap el Troll murió hace mucho tiempo – se recordó para tranquilizarse. Además, a pesar de que su carácter lo sacaba de quicio, en ese momento agradecía tener cerca al legado Cornelius -. Mientras él este aquí, es imposible que seamos superados.
No tuvo tiempo para seguir rememorando el pasado. Coordinadas, las puertas de las tres naves se abrieron antes del aterrizaje y tres figuras se abalanzaron sobre los tardalianos. Acter no perdió el tiempo y, seguido de Cornelius y Gayo, atacó a sus enemigos. El combate duró apenas un instante, de un tajo con su mano desnuda, decapitó a la desdichada criatura que, agonizando, cayó con pesadez contra el suelo. No tardaron en seguirla las otras dos.
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Dragon Ball: una historia de los saiyans
Fan-FictionAño 737. Freezer llega a la órbita del planeta Vegeta tras haber congregado a la gran mayoría de los saiyans desperdigados por el espacio. Preocupado por el creciente desarrollo de la fuerza saiyan dentro de las filas de su imperio y temiendo el sur...
