Capítulo 56: Frío

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Cuadrante 36, en algún lugar del espacio.

Un día después de la ofensiva en Malaxis


 - Un fracaso – exclamó una voz con tono despectivo mientras analizaba las medidas que se reflejaban en el monitor de la incubadora.

Su ceño fruncido destacaba en un rostro hermoso y proporcionado, singularmente delicado para tratarse de una saiyan, especialmente de una guerrera veterana. El niño, poco más que un bebé, la observaba con un temor reverencial, consciente de ser el culpable de su disgusto. Esas habían sido las primeras palabras que le había dedicado su madre al terminar el proceso de incubación: fracaso, la marca que le perseguiría durante el resto de su existencia. Su padre por el contrario, un gigante de proporciones colosales, se mantenía en un segundo plano, casi como si estorbara, observando a su vástago con aparente desinterés.

Dame otra oportunidad – quiso decir el niño, si bien ninguna palabra brotó de sus labios -. Puedo hacerlo mejor. Puedo ser mejor.

Sin embargo, no había sido mejor. Los días siguientes a su despertar en la incubadora los había pasado probando sus habilidades en combates contra los otros despertados y, en cada uno de ellos, había sido humillado por la fuerza superior de sus rivales. Por mucho que se había esforzado, no había logrado acercarse a las expectativas de su madre y su gesto de desprecio se fue tornando, poco a poco, en indiferencia.

- Puedo ser mejor... - murmuró Auber tiritando de forma descontrolada.

El sonido de una roca cayendo fue la alarma que le devolvió la consciencia. Blanco, fue lo primero que percibió al abrir sus ojos. Un infierno helado ocupaba toda la escena ante él, cubierto de un extenso bosque de carámbanos que daban personalidad al desolado paisaje.

¿Dónde demonios estoy? - pensó mientras abría y cerraba las manos intentando recuperar la sensibilidad de su cuerpo. Un intenso dolor en el hombro le hizo apretar los dientes – Es de mi pelea con el rathasha.

Rememorar el combate con el rathasha trajo a su mente los últimos acontecimientos. Había luchado contra el monstruo y lo había vencido a costa de perder parte de la nave. Luego, había caído en la inconsciencia y ya no recordaba nada más, hasta ahora...

Tengo que volver a Malvarala – pensó obligando a su cuerpo a moverse.

Casquetes de hielo, adheridos durante su hibernación espacial, se desprendieron de su cuerpo a medida que recuperaba sus facultades. Finalmente, consiguió salir de la cabina y observar el paisaje. Tal y como había visto desde la nave, el terreno que lo rodeaba estaba formado por una inmensa selva helada que cubría todo el espacio visible.

La nave está inservible – se lamentó mientras analizaba el casco.

No solo había perdido la compuerta sino que, durante su choque contra el planeta, gran parte del armazón se había desintegrado, quedando apenas algunos parches metálicos. Era un milagro que hubiese sobrevivido al aterrizaje.

- Tendré que buscarme otro medio de transporte – dijo en voz alta.

Para conseguir esa meta lo primero que debía hacer era explorar el planeta en busca de signos de vida. Así, alzó el vuelo, alejándose de la superficie para obtener una visión panorámica del territorio. Lo que encontró le dejó el ánimo por los suelos.

Es diminuto – se lamentó.

El planeta no debía medir más de 50 km². De hecho, como pudo apreciar por su órbita, ni siquiera era un planeta, sino más bien un cometa errante. Eso reducía las posibilidades de encontrar vida al mínimo y aún menos la de que alguien le rescatase.

Dragon Ball: una historia de los saiyansHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora