Cuadrante 36, Planeta Malvarala.
Ocho días después de la ofensiva en Malaxis.
- Las cosas van a ponerse interesantes – exclamó Lych rompiendo el silencio. El tráfico de naves que recorrían los canales de la capital de Malvarala era cada día más ingente.
Él, Ion, Prico y Umber se encontraban sentados en la terraza de un restaurante observando la escena sin mucho interés, descansando mientras esperaban nuevas órdenes del capitán Raditz. La moral del grupo estaba por los suelos esos días. Tras su agónica victoria en Tarsex, el traumático enfrentamiento con el rathasha y la muerte de Auber, ninguno de los saiyans estaba de humor para nuevas aventuras. Incluso el siempre estoico Ion parecía invadido por el desánimo. Lych tampoco se encontraba en su mejor momento. Había sido designado como líder del escuadrón en lo que los mandos decidían si confirmarlo como capitán tras la muerte de Auber y el sentimiento que esa decisión le había despertado no era ni mucho menos agradable.
Maldito idiota – pensó rememorando nuevamente el sacrificio de su capitán. La muerte de Auber le había dejado un sabor amargo y una sensación de vacío a la que le era complicado dar nombre -. ¿Cómo se te ocurre morir antes de ver como te supero?
La ciudad era un hervidero de actividad desde que el día anterior se habían hecho públicas las noticias desde los canales oficiales del Octágono. No era para menos. Por un lado, el embajador imperial había sido asesinado a manos del general Cornelius y los tardalianos dejaban de estar bajo la protección de la Facción Cooler y, por otro, un ejército de saiyans se aproximaba al planeta Malvarala para invadir Tardalia. Desde ese momento los malvarianos se habían sumido en un estado de euforia, preparando la recepción para sus invitados e imaginando un futuro en el que sus principales rivales desaparecerían.
- Si supiesen lo que les espera al acoger a tantos saiyans juntos no estarían tan alegres – dijo Prico mientras abría y cerraba su nuevo antebrazo mecánico, un regalo del departamento médico malvariano al que se estaba acostumbrando -. Si queda algo en pie cuando partamos de este planeta podrán darse con un canto en los dientes.
Dos escuadrones de guerreros saiyans comandados por el general Nappa habían llegado esa misma mañana desde la frontera con el Cuadrante 36, una prueba más de que Freezer tenía preparada su invasión sobre Tardalia mucho antes de que el embajador imperial fuese asesinado.
- El príncipe Vegeta está que echa humo – dijo Lych recordando la última charla con su primo.
- Que se joda – respondió. Por increíble que pareciese, Prico había sido el que peor se había tomado la muerte de Auber y su carácter alternaba entre la melancolía y la irritación.
Lych tuvo que darle la razón. Vegeta lo había recibido tras su aterrizaje para escuchar el informe sobre la misión en Tarsex y el ataque en la nave malvariana. Le había narrado con detalle la versión oficial que habían pactado con Jared Ordalis, si bien no le faltaban ganas de exponer al contrabandista tras su traición. Sin embargo, como bien habían hablado entre los saiyans, revelar la existencia del rathasha los condenaría a todos a una muerte segura, dejando inútil el sacrificio de Auber. Aún así, Lych se consolaba pensando en que el príncipe apenas le había prestado atención, tratándolo con indisimulado desprecio.
- Habéis hecho un mundo de una misión insignificante dejándome en evidencia con vuestro retraso – le había recriminado Vegeta -. Vuestra falta de disciplina me ha costado el mando de esta misión. Pero bueno, que se puede esperar de un grupo de exploradores.
Algún día seré yo el que te miré por encima del hombro cerdo arrogante – pensó mientras se veía obligado a aguantar la mirada desdeñosa del saiyan.
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Dragon Ball: una historia de los saiyans
Fiksi PenggemarAño 737. Freezer llega a la órbita del planeta Vegeta tras haber congregado a la gran mayoría de los saiyans desperdigados por el espacio. Preocupado por el creciente desarrollo de la fuerza saiyan dentro de las filas de su imperio y temiendo el sur...
