Capítulo 62: Reunión familiar

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Cuadrante 36, Planeta Malvarala.

Si un rayo me fulminase ahora mismo, sería el mejor día de mi vida – pensó Auber mientras aguardaba junto a la puerta del nuevo despacho de Cress. Su madre, fiel a su espíritu dominante, se había hecho con el control de la sede del Octágono nada más aterrizar, convirtiéndolo en su cuartel general.

Incómodo, le resultaba imposible mantenerse inmóvil en el mismo sitio y su cola revoloteaba desenfrenada en torno a sus piernas. Ese era el efecto que Cress le provocaba y, por más que se esforzaba en luchar contra esa sensación, su cuerpo se ponía rígido ante su sola mención. Así era la cadena invisible que había construido con años de tortura y desprecio, una cadena que podía activar a placer a pesar de que ya no formaba parte de su clan.

Para su consuelo, parecía que no era el único al que provocaba ese efecto. A su alrededor, los malvarianos revoloteaban por los pasillos sin descanso, pendientes de cumplir cualquier encargo que sus exigentes huéspedes saiyans les ordenasen.

Seguro que ya se arrepienten de haber pedido ayuda al Imperio – pensó, si bien la suerte de los esclavistas malvarianos le importaba bien poco -. ¿Para qué demonios querrá verme después de tantos años?

Había dejado a Zero junto a Relle en el vestíbulo. Su prima le había sugerido que no era buena idea entrar con la oruga al despacho de Cress, algo en lo que no podía estar más de acuerdo. Por suerte, Zero parecía más que dispuesto a pasar tiempo con su reciente salvadora y, si bien su confianza en Relle era limitada, sabía que esta no le haría daño sin motivo.

Siempre que Cress no se lo ordene... – se recordó arrepintiéndose de su decisión. Su prima, como todos en su familia, no era más que el brazo ejecutor de los deseos de su madre.

Justo cuando se había decidido a regresar al vestíbulo para recuperar a Zero, la puerta del despacho se abrió y de ella salieron dos figuras. El primero de ellos no le resultó conocido, un alto saiyan con una frondosa barba color caoba. Llevaba la túnica de los esclavos malvarianos y un anillo supresor en el cuello. Su mirada carecía de cualquier tipo de consciencia, si bien al fijar sus ojos en él, Auber intuyó una leve chispa de reconocimiento. Su rostro le resultaba levemente familiar. En cuanto al otro, se trataba de Arag, una de las Siete Supernovas y la mano derecha de Cress. Auber conocía de sobra al adusto saiyan, quizás la persona en el mundo que más reverencia mostraba por su madre.

- Entra, la general te espera – dijo Arag haciéndole un gesto seco con la mano derecha mientras que con la otra empujaba al saiyan esclavo para que se moviese.

Vamos allá....

Ahogando un suspiro de resignación, traspasó el umbral de la puerta. Se trataba de una amplia sala de forma circular, con una mesa de alabastro de igual forma sobre la que levitaba un enorme holomapa. Cress permanecía sentada, observando unos documentos en su tablet sin prestarle atención.

Comienza mi tortura – pensó mientras carraspeaba para captar su interés.

- Hola hijo mío – dijo Cress alzando la vista y clavando sus penetrantes ojos negros sobre él.

Le costó un tremendo esfuerzo no apartar la mirada ante el escrutinio de su madre. Como era habitual en los saiyans, los años no le pasaban apenas factura y su rostro seguía siendo tan delicado como lo recordaba. Sus ojos, tan penetrantes como los que aparecían en sus pesadillas, amenazaban con introducirse dentro de él y descuartizarlo poco a poco.

- Saludos general Cress – respondió con tono indiferente, intentando aislarse completamente de su influencia.

- Matriarca, ya sabes como debes dirigirte a mi – le corrigió sin dejar de observarlo.

Dragon Ball: una historia de los saiyansHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora