Capítulo 33: Misión en el planeta Tarsex (X)

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Cuadrante 36, Sistema Malvarala, planeta Tarsex.


- Muchacho te aconsejo que te rindas – dijo Aulus mientras bloqueaba la salida al patio. Dos de sus legionarios se encontraban tras él, escoltándolo -. Te prometo que, si lo haces, se os dará a tus compañeros y a ti un tratamiento digno y se os liberará como parte de un futuro intercambio de prisioneros cuando termine el conflicto. ¿Aceptas mis condiciones?

El saiyan, que no debía ser mucho mayor que su nieto Marius, lo miró con frialdad. Si estaba inquieto por haber sido descubierto, no lo demostró. Los otros dos saiyans se encontraban sentados a su lado y, por su aspecto, no parecían en condiciones de entablar combate. Por tanto, todo dependía de la decisión de ese muchacho.

- Esas condiciones son algo problemáticas – respondió -. Después de todo, los saiyans no hacemos prisioneros. Te propongo otro trato. Deja que mis compañeros y yo cojamos nuestras naves y nos vayamos y te prometo que, cuando termine el día, tú y tus hombres seguiréis vivos.

Tan joven y tan amenazante – pensó Aulus conteniendo un escalofrío -. ¿Es así cómo educan los saiyans a sus hijos?

- Muchacho, reconsidera tus opciones – insistió Aulus -. Tus compañeros están heridos y te encuentras rodeado en un planeta extraño y sin posibilidad de escapar. No hay ninguna vergüenza en rendirse para luchar otro día.

Si era posible, Aulus prefería evitar el combate. Desconocía el poder exacto del chico, pero sabía por los informes de Tomber que debía rondar las 2.000 unidades. Era una fuerza a tener en cuenta, si bien ya había derrotado a rivales con un poder similar en otras ocasiones y contaba con la ayuda de sus hombres. Sin embargo, no era la fuerza del saiyan lo que frenaba su impulso combativo.

Es demasiado joven – se lamentó -. Demasiado joven para morir en un planeta remoto sin motivo.

- Ion, ¿puedes ponerte en pie? - preguntó el saiyan a uno de sus compañeros, un muchacho de pelo rapado.

- Si – le respondió el otro incorporándose lentamente.

- En la sala que se encuentra tras nosotros está la enfermería. Dentro hay dos cápsulas de recuperación. Quiero que lleves a Lych allí y os metáis en ellas. Mientras, yo me ocuparé de nuestros enemigos. Tendréis unos diez minutos antes de que las cosas se compliquen. ¿Lo has entendido?

El saiyan de pelo rapado asintió. Acto seguido, cargó a su compañero en su hombro derecho y se dirigió a la puerta de la enfermería.

¿Cómo demonios conoce tan bien nuestro campamento? - se preguntó Aulus. El chico se había abierto paso con enorme facilidad a través de sus defensas. Por suerte, había ordenado modificar los códigos de acceso a la sala de interrogatorios cuando llegaron los nuevos prisioneros. De no ser así, el saiyan habría podido deambular por la base con total libertad. La única explicación posible era que uno de los esbirros de Tomber les hubiese traicionado. Sin embargo, ahora ya no tenía importancia. No quería llegar a ese punto pero no quedaba otra opción, acabaría con el muchacho y luego se ocuparía de sus compañeros.

- Supongo que no aceptas mis condiciones.

- Por ahora no – respondió el saiyan colocándose en guardia -. Creo que me ofrecerás un trato mejor en cuanto te dé un par de puñetazos.

- La confianza de la juventud... - murmuró Aulus mientras se llevaba la mano derecha a la katana que colgaba de su cintura -. Salgamos al patio. No tiene sentido destruir esta habitación.

Dragon Ball: una historia de los saiyansHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora