Nunca había entendido por qué a la gente le gustaba septiembre. Cómo podía ser el mes preferido de nadie. A mí me provocaba ganas de encerrarme en mi cuarto y poner en bucle la canción de Green Day, aunque mi madre jamás habría tolerado que no saliera del cuarto hasta que el mes terminara.
El gusto por septiembre era para mí un completo misterio. Sabía que olía a nuevo en todas partes, a libros sin abrir, a material escolar, a ropa y zapatos que inundaban las tiendas, a la promesa de que el frío llegara este año antes y el verano quedase atrás con su calor y su olor a sal y a cloro. A mí a excepción del olor a libros y lápices nuevos, no me gustaba nada. La ropa y los zapatos me eran indiferentes, no porque no me gustasen sino porque no me parecía que arreglarse para ir al instituto mereciese la pena. Solo me arreglaba de verdad en verano, en la playa. El frío tampoco me gustaba demasiado, mi nariz se ponía roja y siempre tenía las manos heladas hasta junio por lo menos.
Mamá acercó el coche hasta la puerta y comenzamos a cargar nuestras maletas con las cosas que llevábamos de vuelta, aunque como era nuestra casa teníamos allí de todo y en las maletas solo había caprichos, ropa que nos gustaba mucho y que queríamos ponernos allí o cosas que nos comprábamos para las vacaciones. Cerramos la casa de la playa y volvimos a nuestra vida. Siempre había sentido como si el tiempo que pasábamos allí fuera mejor, como si aquello fuera estar vivo realmente. Todo allí parecía mejor, más intenso, más de verdad.
Durante el trayecto íbamos escuchando cadenas en las que ponían música de los 80 y los 90. La música la elegía el conductor, es decir, la elegía Miguel o mamá que se turnaban para conducir. A nosotras de tanto escucharlas nos gustaban esas canciones y conocíamos a esos cantantes como si fueran de nuestra época. Nos gustaban grupos como Texas o REM, eso era sin duda por mamá, y nos sabíamos las canciones. Sí, nos las habíamos aprendido de memoria y daba gusto cantarlas gritando porque tenían un mensaje en su tiempo y lo seguían teniendo.
—¿Por qué vas tan contenta? —Le pregunté a María, en ella no tenía importancia porque siempre estaba de buen humor, aunque parecía algo más.
—Porque voy a tercero, este año ya no soy una pardilla de los primeros cursos.
—Claro, ahora eres una pardilla de tercero. —Me miró con mala cara—. No te preocupes, yo soy una pardilla de bachillerato, no pasa nada.
—Mira que eres negativa. Además tengo ganas de ver a mis amigas, de aprovechar la piscina, de ver con quién he caído en la clase. Puede que haya caído con Enrique —dijo pestañeando con intención.
—¡María...!
—¿Qué? Es solo un crush. No es nada. ¿No sabes lo qué es?
—Sí, lo sé, pero...
—Eres un aburrimiento de niña.
Mis padres se reían porque María era así. Sabían que era como mi padre. Ellos nunca hablaban del todo en serio, para ellos todo era una broma. A mí me agotaban aquellas conversaciones, tal vez porque yo aportaba poco. Al instante lo pensé, si yo hubiera aportado algo habríamos salido en el telediario. Mejor callarse.
Me gustaba mirar por la ventanilla y ver cómo iba cambiando el paisaje. Había una gran diferencia según se iba avanzando por la carretera. A veces podías ver algún animal que se acercaba al arcén o que planeaba en el cielo. Me gustaba ver pequeñas diferencias en la tierra, en las casas. A veces pensaba cómo sería vivir en cualquier otro sitio, en la playa, en uno de aquellos pueblos, en las ciudades dormitorio, en las casas del extrarradio, donde fuera menos en La Rosaleda.
El trayecto a veces resultaba tan rápido que casi deseaba que mis padres decidieran volver el primer fin de semana que se pudiera. A veces nos íbamos de puente o mis padres se escapaban y María y yo podíamos hacer un poco lo que quisiéramos en casa, aunque no demasiado.
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Deep Blue ©
RomanceLucía desea que el verano antes de empezar el último año de instituto le sirva para decidir que estudiar y comenzar a planificar su participación en el blog literario que organiza su profesora. Sin embargo su padre decide acoger durante el curso a...
