Me había pasado la tarde en casa haciendo el tonto y la verdad es que me hacía falta. Estaba agotada. Además las chicas y yo habíamos estado hablando por WhatsApp de las tonterías habituales. A la hora de cenar había bajado a la cocina, pensaba hacerme algo rico para cenar y buscar unas patatas fritas o algo así. Nada sano. El tipo de cosas que compraban papá y María.
Después estaba pensando en poner una serie de detectives, que reponían en una cadena de la tele, o alguna película de las que tenía papá. Había estado mirando y casi me había decidido por Memorias de África. No me acordaba de cuántas veces la habían puesto mis padres. Era antigua, pero las novedades las tenía muy vistas. Ponerla era un acierto porque era una de esas de llorar y llorar y por alguna razón me parecía buena idea. Además hablaba de la vida de una escritora danesa que se fue a vivir a Kenia.
Ese era mi momento. Puse una lista de reproducción de música en el móvil, empecé a sacar cosas de la nevera y las comencé a preparar. Estaba en lo mejor de mi dueto con Ed Sheeran cuando se abrió la puerta. Tal vez si no hubiese estado flipando tanto habría oído la llave o la puerta, pero no había oído nada. Para cuando vi a Pablo ya era muy tarde. Seguro que sabía lo mal que cantaba, seguro que había oído lo suficiente. ¿Qué hacía aquí? No tenía que estar aquí.
—Hola —me dijo con una risita, aunque podría estar riéndose más.
—Hola. ¿Qué haces aquí? —No tenía que haberlo dicho, seguro que había sonado borde, pero me había pillado y me daba vergüenza.
—Puedo irme hasta que acabes la actuación. —Seguía sonriendo, pero menos.
—No hace falta. —Le di a la pausa porque era lo más rápido—. No sabía que tenía público.
—¿Puedo cotillear la lista? —Ya tenía el móvil en la mano, así que me fui hacia él para quitárselo. Levantó la mano. Era más alto y yo no iba a poder llegar, pese a que lo intentaba, y entonces me di cuenta de lo cerca que estaba de él, tanto como para oler la colonia que usaba. Era el mismo olor que dejaba en el baño cuando salía, pero en él y tan cerca olía diferente. Era un olor a limpio, a té, a musgo... Estaba tan cerca como para ver sus ojos.
Me había quedado parada mirándolo, como una idiota, fijamente, tan cerca, estábamos demasiado juntos. Él también me miraba igual. Aquello, no, no, no... No iba a hacer el ridículo más de lo que ya lo había hecho, así que me aparté rápido. Si esto fuera una novela este sería uno de esos momentos a los que ponerles un pósit, uno bueno, pero no lo era.
—Bueno, te lo dejo —dije con desprecio, como si me diera igual—. No vas a encontrar nada. —Yo lo había visto otras veces forcejear con María por el mando de la tele o de la consola, pero entonces parecía solo un juego. María no se quedaba con cara de tonta, seguramente porque no era tan tonta como yo.
—No pensaba cotillear. Solo estaba de broma —dijo con timidez.
—De todas formas no tengo secretos.
—Pues yo creo que sí. Estoy seguro. —Y tanto que estaba seguro, parecía taladrarme con la mirada como si quisiera sacarlos.
—Cree el ladrón que todos son de su condición —dije levantando una ceja.
—¿Qué quieres decir?
—Piensas eso porque tú sí tienes secretos —contesté encogiendo los hombros.
—Todos tenemos secretos, Lucía —fue bajando la voz hasta que mi nombre sonó como un susurro.
—Si los tuviera, no los guardaría en el móvil —murmuré.
No podía hacer mucho, así que me senté en el taburete que tenía al otro lado de la península o la barra, porque allí era donde desayunábamos y comíamos cuando no estábamos todos. Si estábamos los cinco nos sentábamos en la salita que estaba pegada a la cocina o en el salón porque era donde estaba la tele.
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Deep Blue ©
RomanceLucía desea que el verano antes de empezar el último año de instituto le sirva para decidir que estudiar y comenzar a planificar su participación en el blog literario que organiza su profesora. Sin embargo su padre decide acoger durante el curso a...
