A mediados de marzo, después de algo más de un mes, me lo volví a encontrar. Aunque no era casualidad, en febrero lo desbloqueé en Instagram y le mandé un mensaje para decirle que hablábamos a la vuelta si todavía quería, que me acordaba siempre. No se me había olvidado que él se acordaba de todo, de los detalles insignificantes. De camino al bar me estuvo contando cosas sobre el intercambio, el viaje. Yo le di la enhorabuena por los conciertos, no iba a ser tan hipócrita como para negar que había mirado su perfil.
—Te habría avisado. Sería más fácil si tuviera tu número, el actual, no el del móvil que te robaron.
—No sé. —¿Cómo se le ocurría pedirme el número de móvil?
—La conversación de hoy promete. —Lo miré con la ceja levantada—. Casi no hablas...
—¿Cuándo has vuelto? —Le pregunté por llenar el silencio.
—Hace un par de días. Venía muerto y he estado organizando la ropa que traía de abrigo porque allí todavía es invierno y aquí ya hace buen tiempo. Además mi piso es enano.
—Mi piso de Lyon también era enano. Lo más importante es la ubicación. —Me reí. Siempre me han gustado las conversaciones de pisos, para comprar, para alquilar, metros cuadrados, orientación... Sobre todo mientras son charlas intrascendentes.
—Cuando lo vi me acordé de ti y cuando me estaba mudando pensaba en esas cosas que me contabas...
—He salido a mi madre en eso —comenté por decir algo. A mí lo de la actitud pasivo-agresiva no me ha ido nunca y menos cuando estoy enfadada.
—Creo que te gustaría, está cerca del conservatorio. Podrías venir a verlo.
—Estoy muy ocupada —contesté mientras me miraba las botas de piel, habían sido una ganga en las rebajas.
—¿Seguro que es eso? —Sabía que no era verdad. Me conocía.
—Sería raro.
—No es tan pequeño. Tiene mucha luz. —Entonces lo pilló—. Vivo solo, para uno está bien. No es una lata de sardinas. Me gustaría tener el piano de mi abuelo, pero necesitaría un salón grande y en aquella zona sería demasiado caro. Así que lo tengo en un guardamuebles. —El piano tampoco cabía en el piso que les buscó mi madre después de vender la casa de la playa a unos alemanes, que la querían para cuando se jubilaran.
—Yo... No sé qué decirte, no me apetece hablar del instituto, que por cierto nunca estuve a gusto. O que me preguntes por los compañeros de clase. Algunos padres son clientes de mi madre y cuando vienen me cuentan como les va a sus niños, pero yo les digo que todo me parece genial y me centro en el trabajo. —Tragué saliva, aunque no pude tenía la boca seca como el esparto.
—Sigues igual que siempre. —Eso pareció divertirle, pero no iba a durarle mucho.
—No he cambiado.
—Lo sé. ¿Y tú sales con alguien? Mi madre dice que no, pero...
—Supongo que lo de ponerse al día es entretenido y eso, pero...
—¿Qué?
—Yo me acuerdo de todo, también de aquella tarde. —Era ahora o nunca—. Estabas distinto. Sabía que había algo que no me habías contado, aunque tampoco tenías que hacerlo.
—Quería contártelo —me interrumpió.
—Cuando te conté lo de irnos fuera un año... Empezaste una discusión absurda sobre las relaciones a distancia, los cambios y lo supe. Yo solo... Me adelanté, porque no quería oír el motivo, que no me querías, que esto era un rollo que se te fue de las manos, que había otra chica... y cien razones más que se me pasaron por la cabeza. Básicamente lo que había leído en las novelas o lo que me contaban mis amigas. —Tomé otro sorbo—. Y ni siquiera estábamos saliendo, yo necesitaba un poco de tiempo y un amigo.
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Deep Blue ©
RomantikLucía desea que el verano antes de empezar el último año de instituto le sirva para decidir que estudiar y comenzar a planificar su participación en el blog literario que organiza su profesora. Sin embargo su padre decide acoger durante el curso a...
