Capítulo 41. Un negocio envenenado 1.

517 63 2
                                        

Mackenzie.

Boston, 2024, oficina de la CEO Torre O 'Sullivan.

Sabía que estaba fuera de control, cuando Carlos me arrebató de las manos la pirámide de mármol que solía ser mi objeto arrojadizo preferido cuando perdía el control, y la furia, se apoderaba de mí, cosa que últimamente me ocurría muy a menudo, sólo por culpa de una única persona, la cual estaba frente a mí en este momento.

Carlos, mi asistente, era un experto en gestionar mis crisis de ira, además de ser el mejor gestor, fuente de información de todo el holding, también era responsable de que no acabara pagando indemnizaciones millonarias, por agredir al estúpido de turno que provocara mi ira.

Mi padre lo había colocado a mi lado gracias a su capacidad, y su gran inteligencia, para controlar los momentos más "enérgicos de su hija" fruto como decía él, de la mala planificación ante la unión de dos caracteres fuerte como era los de mis padres, unido todo esto, como no, a el hecho de ser la hija única, independiente, y soberbia de el gran Sean O 'Sullivan.

Así que se podía decir que el maldito Vader Bombero tenía la bendita o maldita facultad, según se mire, de conseguir que en un segundo lo viera todo rojo, y despertar en mi interior las ganas de asesinarlo, no importaba que yo me prepara para gestionar mi temperamento, siempre hacía algo para encender mi ira, si trasladamos esto a los negocios, se podría decir que Brandon M. Hernández era, definitivamente, un muy mal acuerdo, que yo, innecesariamente, me empeñaba en gestionar.

- "Cuando acabes de lanzarme cosa, Lunática psicópata CEO, podemos sentarnos para hablar, tengo muy poco tiempo, mañana entro de setenta y dos horas, y quiero dormir algo, sino te importa."- dijo el idiota de Vader, haciendo que me atragantar con mi ira, mientras el silencioso y efectivo Carlos, conseguía apartar de mis todos objetos lo suficientemente efectivos como abrirle la cabeza al sonriente y estúpido bombero.

-"Si no le importa señor Hernández, esa no es la forma más efectiva de comenzar a negociar con mi jefa, y si usted tiene prisa, yo tengo ya dos horas, que debería haber estado con mi mujer, para ayudarla a bañar y acostar temprano hoy a mis hijos, en vez de estar aquí de muro de contención, intentado que usted y la CEO, no destrocen la empresa, así que por su bien CEO, y por su interés señor Hernández, les aconsejo que respiren hondo, y se sienten como personas civilizadas a negociar, o dejo de controlar a la CEO, para que termine lesionándolo, y en cuanto usted jefa, o se calma, o llamo ahora mismo a mi esposa para que usted le explique porque llego tarde a nuestra cena romántica de los lunes."- la mención de Marisa, fue la ducha fría que calmó mi ira, fue como un dardo tranquilizante para la fiera de mi interior.

- "¿Hoy ... es ... lunes?"- pregunté con nerviosismo, tras mirar la hora que era, definitivamente, Marisa García, me arrancaría la piel a tiras, y esa puertorriqueña, no se andaba con advertencia, se tiraba a la yugular, directamente.

En mi vida tengo muy pocas amigas, quizás Marisa sea la única, la que siempre había estado allí, también era la única que, junto con mis padres, sabía ponerme en mi sitio, y no cortarse en ser directa al mandarme a la mierda cuando me comportaba como una heredera malcriada y caprichosa. Nos hicimos amigas, cuando una vez se presentó en mi despacho, para amenazarme de muerte por robarle el tiempo de estar con su marido, eso ocurrió en los primeros años que yo era vicepresidenta, y Carlos fue asignado a mi cargo, después de años de preparase para desempeñar ese puesto.

Aparte de decirme lo que me haría si no dejaba de robarle a su esposo noche y día, esa puertorriqueña de veintiocho años, me dejó claro que era yo la que necesitaba a su marido, no al revés, y lo entendí enseguida, pese al intento de Carlos de que su mujer se tranquilizara, supe, que ella tenía razón, su marido no sólo es mi asistente, es mi arma secreta, y es el secreto de mi éxito, junto a mi capacidad para los negocios. Me gustó tanto su forma de ser que esa noche acabamos borrachas, más amigas que nunca, elogiándonos una a otra, mientras Carlos nos miraba intentando entender porque tenía que ser el castigado aguantando a dos mujeres así en su vida.

El Ardiente Capricho de la CEOHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora