Capítulo 19.  La traición de un felino. 

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Brandon. 

Boston, 2024, Apartamento de Brandon.  

 Solo prendía esquivar el golpe, y tratar de razonar con ella, y eso a pesar de que ese maldito olor que desprendía, a pesar de esa ropa que llevaba, la camiseta de asillas negra indecente, y los vaqueros ilegalmente estrechos, que ninguna ayudaba.  

La primera vez que la inmovilicé me cuidé, y mucho, de no apoyar mi cuerpo en el suyo, y no por dañarla, esa mujer era lo bastante fuerte como para soportar mi peso, el problema era que el tacto de ese cuerpo, con el mío podían provocar en mí, eran un problema muy grande, que no podía asumir, y menos en mi estado.  

Pero la explosividad de esta maldita Lunática no ayuda a que mi mente se calme y reaccione con tranquilidad, sin antes no acabar, al menos, con algunos moratones, o alguna lesión de moderada consideración.  

Justo por eso cuando unas malditas desafortunadas palabras por mi parte, ante la sorpresa que me produjo, el cambio tan extraño que había sufrido esta bipolar mujer, que paso de una tigresa, a un gatito tímido en un corto espacio de tiempo, como esperaba, la tigresa se volvió reactivar, pero saltándose todas mis expectativas. 

Inmovilizarla fue un acto reflejo, no es la primera vez que me enfrento a actos violentos, los bomberos nos encontramos con personas enfurecidas, y fuera de sí, porque se ven impotentes cuando ven que se queman sus propiedades y no pueden hacer nada por salvarlas, practicar arte marcial de protección propia, y hacia la víctima, es uno de los deberes de un bombero.   

Lo que no esperaba era que el contacto con el cuerpo de esa peligrosa pelirroja pusiera en serio peligro mi autocontrol que, físicamente empezaba hacer aguas por todas partes. El tacto de su piel era malditamente suave y terso, y su olor corporal, que llevan intentado ignorar desde que me acerqué a ella, y la cargué sobre mi hombro, ahora era ineludible, mucho más cuando la sentía tan tentadora bajo mi cuerpo.  

Esa parte de mi cuerpo, que últimamente no hacía más que independizarse de mi mente, en cuanto pensaba en ella, ahora había decido mostrarse en rebeldía, de la forma más absolutamente humillante, ni me replanté engañarme a mí mismo haciéndome creer que ella no iba a notar, lo que su contacto me estaba provocando, si a esto añadimos que sus ojos se habían abierto de una manera desmesuradamente hermosa, revelando todo el deseo que sentía, y que sus labios húmedos, se apretaban, dejando ver, en ocasiones como sus dientes se clavaban ligeramente en ellos, mientras ella trataba de contenerse, mientras ambos jadeábamos en una especie de lucha interna por no ceder a nuestros deseos inmediatos. 

En esos momentos me sentía como si me hubiera perdido en el desierto sin agua, sediento, y delante de mí hubiera la fuente agua potable más cristalina, frescas y abundante en muchos kilómetros, y kilómetros, a la redonda, y me estuviera prohibido beber de ella. 

Apreté mi mandíbula intentando contener el deseo, y cuando casi creía tenerlo gestionado, algo imprevisto surgió.  

Estuco que llevaba un rato observándonos, decidió que ese espectáculo que estaba viendo, necesitaba algo más de acción y emociones, sino no entiendo su empeño tuvo en saltar sobre mí, para que, de la inercia de su salto, sobre mis hombros, la corta distancia que nos separaba nuestros labios acabara de recortándose a cero, y nuestros labios, como dos trenes sin control, en sentidos contrario, se encontraran inevitablemente de frente. 

Por unos segundos los dos, ante la sorpresa, nos inmovilizamos, hasta que su sabor aditivo, la suavidad de sus labios, y ese gemido femenino y detonante, que escapo de entre los labios de esa mujer, silencio todas mis buenas intenciones, y con el gruñido de frustración más alto que jamás había dado, me dejé llevar por el deseo que me arrasaba sin control.  

El Ardiente Capricho de la CEOHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora