Capítulo 47. Cuando la realidad no ayuda a las intenciones.

508 59 3
                                        

Mackenzie.

Boston, 2024, Torre O 'Sullivan, despacho de la CEO Mackenzie O 'Sullivan.

- "Esto es ridículo, no puedo creer que esté trabajando, sólo porque quiero evitar ir a casa, ha sido tu refugio los últimos cuatro años, maldita estúpida, ¿De que tienes miedo?"- me dije en alto cuando me vi, como una idiota, en el despacho, buscando que hacer, para dilatar los más posible volver a casa.

Toda la culpa la tenía esa manipuladora lava cerebros de la doctora García, con lo segura que estaba yo con este trato, esa maldita se pone a meterme cosas en la cabeza que ni son necesarias, ni las había pensado.

- "¡Maldita sea! Nadie me va a sacar de mí casa, ni siquiera las psicópatas ideas de esa bruja puertorriqueña. ¿Interesada yo en el Vader Bombero? Si claro, y los burros vuelan"- pensé cerrando decida mi portátil, para prepararme para regresar a mí ático.

Ya mi ejercito militarizado de escoltas, que mi padre, exageradamente, había contratado para protegerme, me estaba esperando por fuera de mi despacho. Había tenido que amenazar con despedir a Carlos, si no se iba temprano a casa, sólo faltaba que después del intento de hipnosis metal de su mujer, lo enviara tarde a casa, esa manipuladora era capaz de hipnotizarme para que terminara creyéndome que era una gallina, sólo por diversión.

Y así, con los hombres de Harrison haciendo una capsula a mi alrededor, llegué al ascensor. Sabía que no me servía de nada quejarme, ni protestar, mi padre no iba a ceder, sobre todo, porque la alternativa, la que más le gustaba a mi padre, era la de encerrarme en una urna de cristal blindado, o un Bunker antibombas, con un ejército para protegerme, incluyendo misiles tierra aire, y tanques, hasta que, según él, el peligro pasara, algo a lo que yo no estaba dispuesta, ese maldito no me iba hacer huir, ni esconderme, sólo faltaba.

Mientras circulábamos por las calles de Boston, parecíamos una maldita comitiva presidencial, excepto por los agentes del servicio de secreto que corrían junto a la limusina del presidente, no faltaba de nada, por lo menos éramos seis coches, entre limusina, todoterreno y coche de camuflaje negro.

Así que cuando entramos en el garaje de mi edificio, hasta me alegre que dejáramos de llamar la atención, los bostonianos estarían pensando que algún alto cargo del gobierno había venido a la ciudad, eso seguro.

Por otro lado, la incomodidad que sentía por la exageración de mis padres, durante el trayecto a mi ático, me ayudo a no pensar en el invitado, nada agradable, e incómodo, que había invadido mi casa, pero todo acabó cuando me bajé de la limusina, y vi, entre mi Ferrari último modelo, y mi Lamborghini clásico, una camioneta Chevrolet algo sucia, que destacaba en el aparcamiento, por inusual.

Eso me recordó porque había llegado a esta hora del trabajo, un día que no tenía mucho que hacer, agradecí que toda la tropa de marines no me acompañara a mi ático, sino que sólo subieran uno para acompañarme, y comprobar que no había peligro. Cuando llegue al ático, espera que el primero que me recibiera fuera el Vader Bombero, por una extraña idea, creía que estaría sentado en el salón, mirando impaciente al ascensor, incomodo, esperando mi llegada, pero el primero que vino a saludarme, maullado feliz, como si se alegrara de verme, fue ese precioso gato gris y blanco, llamado Estuco.

Lo cogí entre mis brazos, y el restregó su cabeza por mi pecho, con un ronroneo muy hipnótico.

- "Hola guapo, veo que te alegras de verme, ¿dónde está tu papá?"- le dije acariciando su cabeza, mientras el cerraba esos preciosos ojos verdes gatunos, disfrutando de mis caricias.

Comencé a recorrer el ático con Estuco en mis brazos, buscando a mi escurridizo invitado, ya en el segundo piso, la música del gimnasio me avisó donde podía estar. Y estúpidamente me dirigí allí, si llego a saber lo que me iba a encontrar, y lo que iba a provocar en mí, habría cogido a Estuco, y llamado a los hombres de Harrison, para volver a la oficina, o mejor, volar a más de diez mil kilómetros de Boston, a nuestra segunda cede en Alaska, pero para mí desgracia, no soy un oráculo que ve el futuro.

El Ardiente Capricho de la CEOHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora