S.Coups

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Corea del Sur había sido ocupada por los japoneses en el año de mil novecientos diez; ocuparon la cultura, las personas y la política. Hicieron cambios abruptos en las vidas de los coreanos para que se reinarán bajo la cultura japonesa y apoderarse del país.

La pobreza fue una de las características principales dentro de esta época y la economía se vio afectada en cada aspecto, la hambruna era evidente y la tasa de mortalidad incrementaba con cada día que pasaba. La gente buscaba cómo sobrevivir, pero le era imposible por los regímenes establecidos por los nipones.

Los padres del pequeño SeungCheol lo sabían. Sabían perfectamente que era un crimen y un pecado dejar a un ser humano tan pequeño frente a las puertas de una cantina, pero no podían alimentarlo debido a la falta de dinero y trabajo; pensaron que dejarlo ahí le ayudaría para que fuese una persona mejor dentro del catastrófico mundo, pero la vida de ese pequeño no fue fácil en ningún momento. Vivió en la calle por mucho tiempo, deambulando por los rincones buscando limosna de los altos funcionarios o un poco de pan para alimentarse después de no comer durante días.

Un día lluvioso se encontraba en el puerto esperando a que algún marchante se descuidara para robarle un trozo de pescado, notó a todos los oficiales japoneses haciendo sus rondas por el lugar y en su mente analizó las posibilidades de ser arrestado. "Tal vez en la cárcel me vaya mejor", pensó rápidamente antes de dar unos pasos para acercarse a un puesto. Levantó la mano y en cuanto iba a tomar un pescado, el sonido de un silbato lo alertó. Abrió sus ojos llenos de miedo y se encontró con la mirada de un oficial.

—¡Deténganlo! —exclamó ese policía.

SeungCheol comenzó a correr buscando un lugar para esconderse. Evadió a algunos oficiales y esquivó personas, sus apresurados pasos resonaron por el puerto y en cuestión de segundos encontró una caja de madera libre. No lo pensó por mucho tiempo y se adentró en ella, tapó su boca para no soltar ningún sonido y observó a través de un pequeño orificio que los policías lo buscaban alrededor.

—Es un niño, de unos diez años —comentó el oficial al dueño del barco—, ha robado comida.

—No está aquí —respondió el dueño en japonés.

No tuvo oportunidad de salir, colocaron cajas sobre él quedándose encerrado. "Por lo menos dormiré refugiado de la lluvia", se dijo a sí mismo. No tenía idea de dónde estaba.

Perdió la noción del tiempo, abrió los ojos cuando sintió un fuerte ruido a su lado. Habían abierto la caja donde él estaba.

—¿Qué diablos...? —exclamó el dueño del barco—, eres el niño al que buscaban.

—Por favor, señor. No me delate. No hice nada malo. No tomé el pescado, yo solo buscaba algo de comer —comenzó a decir entre lágrimas, juntando las palmas de sus manos.

El dueño del barco rechistó al ver que probablemente se metería en un gran problema, pero no dejaría que un niño sufriera.

—Sal de ahí —le indicó y él hizo caso de inmediato. Saltó de la caja y miró a su alrededor.

—¿Dónde estamos?

—Cruzamos el océano, niño —dijo aquel señor con el ceño fruncido—, ¿cómo has aguantado tanto tiempo sin comer?

—Me he acostumbrado, señor —respondió el niño bajando la cabeza llena de vergüenza dejándolo sin palabras.

—Anda —le dijo suavizando su rostro—, sígueme.

Alimentó al niño, sorprendiéndose por la gran cantidad de pan que se metía a la boca con desesperación. El señor sintió lástima por el pequeño y no pudo imaginarse todo lo que debió haber sufrido.

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