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Narra Marizza

Estaba acostada sobre el pecho de Pablo cuando desperté por la alarma; abrí los ojos despacio y la apagué, las 20:10.
Nada podía arruinarme el humor igualmente; sonreí y dejé un beso en su hombro, seguido de otro en su cuello, haciendo una línea hasta su mandíbula, hasta que finalmente lo besé en su boca. Abrió los ojos y me miró; le sonreí y se giró a abrazarme, escondiendo su cara en el hueco de mi cuello, haciéndome reír.

Pablo: podemos quedarnos? estoy muy cansado.

Marizza: -reí- no, pabli, Sonia nos mata; y no quiero darle la razón, prefiero morirme antes.

Pablo: qué exagerada. Yo prefiero quedarme acá en la camita con vos y seguir en lo que estábamos -dije, empezando a besar su cuello-.

Marizza: qué, durmiendo? -dije divertida-.

Pablo: no, lo otro.

Marizza: -sonreí- dale, arriba.

Pablo: un rato más, vení.

Suspiré, haciéndome la difícil, pero lo que más quería yo también era quedarme abrazada con él abajo de las sábanas y dormir juntos hasta mañana. De las cosas que más extrañaba cuando Pablo y yo peleábamos era dormir con él; me encantaba y él lo sabía.

Marizza: dale, amor.

Pablo: -bufé- bueno, dale.

Sonreí satisfecha y me levanté, envolviéndome en la sábana; no quería que me pegara el frío en el cuerpo. Me metí en el vestidor y me puse unos jeans azules, con un suéter blanco y botas negras. Pablo se vistió mientras yo estaba en el baño y finalmente bajamos para la cocina para irnos.

Subimos al auto y Pablo arrancó a manejar. Lo notaba más mimoso que de costumbre; me besaba en los semáforos, dejaba su mano apoyada en mi pierna, me miraba sonriente. Mi corazón parecía que iba a dar un vuelco.
El semáforo volvió a ponerse en rojo y Pablo volvió a mirarme, pero de otra manera, más intenso.

Marizza: qué? -dije sonriendo-.

Pablo: nada... que estás muy linda.

Marizza: qué te picó, Bustamante?

Pablo: -reí- me parece que fue el bichito de la reconciliación.

Marizza: puede ser, puede ser.

Dije, sonriendo, y volvió a besarme, estirándose de su asiento; nos separamos al escuchar un bocinazo: el semáforo estaba en verde nuevamente.

Marizza: -me reí- van a chocarnos si seguís así de mimoso.

Pablo: es tu culpa.

Marizza: mi culpa? no es mi culpa que vos no puedas controlar tus hormonas, Pablito.

Pablo: mejor no hablemos de mis hormonas; se siente raro sabiendo que estábamos yendo a la casa de tu vieja.

Marizza: -solté una carcajada- okey, coincido en eso.

Llegamos a la casa de Sonia y, al tocar timbre, se abrió la puerta casi instantáneamente. Sonia nos miró como si estuviera evaluándonos, de arriba abajo, con el ceño fruncido y dos dedos en el mentón. Rodé los ojos, bufando, y le dije:

Marizza: dejá de hacerte la graciosa; sí, nos arreglamos.

Sonia: -sonreí- esas caras los delataron, pasen, pasen.

Marizza: dios santo.

Entramos y vimos a los chicos charlando en el sillón. Pablo me ayudó a sacarme la campera y la dejó en el perchero; le sonreí y me tomó de la mano para ir a saludar como si fuera lo más natural del mundo, y lo era en nosotros; pero cuando llevás casi 20 días sin tener ningún contacto físico con tu esposo, hasta que te agarre de la mano te parece algo sorprendente.

Solo una oportunidad másHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora