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Narra Marizza

Mañana sería el día en que nos íbamos a la quinta para la despedida de solteros de Mía y Manu.
Sinceramente, estaba emocionada. No solo porque iban a ir todos nuestros amigos, sino también porque necesitaba unos días de descanso y desconectarme un poco... y Pablo también, incluso más que yo.

Esta última semana no había parado un minuto. Lo veía muy cansado: entre el trabajo, componer canciones, visitar a Sergio en la cárcel, ir a ver a Morita cada tanto (que se había agarrado una gripe, pero como siempre exageró y fue a verla toda la semana), acompañar a Manu a ver trajes y encima ir al gimnasio... Pablo realmente no paró ni un día.
Y bueno, también bancarme a mí no era fácil, lo admito. Quería que descansara y que aprovechara los días que íbamos a pasar en la quinta.

Yo estaba haciendo los bolsos —el mío y el suyo—. Le había dicho que se los armaba así él podía dormir una siesta, cosa que no hacía hace mucho.
Terminé el mío, lo cerré y lo llevé a la sala. Vi a Pablo tirado, muerto, en el sillón. Reí bajito y me acerqué para acomodarle una manta y darle un beso en la frente.

Subí a prepararle su bolso: puse lo básico, remeras, camisas por si salíamos, pantalones de jean y uno más formal negro.
Busqué sus zapatillas y me acordé de que las guardaba en el estante de arriba del placard. Bufé frustrada porque no llegaba hasta ahí arriba. No porque yo fuera bajita, sino porque nuestro mueble era enorme. Bueno, enorme por Pablo, literalmente era un vestidor.

Miré el estante fijamente por unos veinte minutos, hasta que dije:
—Ya fue, ¿qué es lo peor que puede pasar?

Puse un pie sobre el estante más bajo y tomé impulso para estirarme y agarrarme con la otra mano. Estiré todo mi cuerpo lo más que pude y vi la caja de zapatillas que quería.
La primera salió bien, la pude mover hasta que cayó al suelo. La otra estaba un poco más al fondo.

Estiré la mano y fue justo entonces cuando perdí el equilibrio y caí hacia atrás. Instintivamente llevé mis brazos para protegerme, pero escuché el crujido de mi muñeca y supe que no había sido "solo un golpecito".

Saqué la mano de debajo de mi cuerpo con cuidado y la miré. No estaba bien. Traté de moverla, pero eso me hizo gritar del dolor. Me palpitaba y se hinchaba cada vez más.
Me dije a mí misma que estaba exagerando, que seguramente no era nada. Así que me levanté, me sequé las lágrimas y seguí con el bolso.
Tomé las zapatillas del piso y el dolor aumentó. Traté de ignorarlo, pero no podía: era demasiado fuerte.

Pablo: —Mar, ¿terminaste con eso? Preparé la merienda.

Marizza: —Sí, sí, ya termino —dije ocultando mi cara y mi mano—.

Pablo: —¿Todo bien?

Marizza: —Sí, amor, ahora bajo.

Pablo: —Estás rara —se acercó y me tomó las manos—.

Marizza: —¡Ay, Dios! —dije, cerrando los ojos con fuerza—.

Pablo: —¿Qué pasa?

Marizza: —Me caí encima de la mano.

Pablo: —¿Qué? ¿Cómo? —preguntó preocupado—.

Marizza: —... Me trepé al placard.

Pablo: —Marizza, ¿cuántas veces te dije que no lo hicieras? No te puedo dejar diez minutos sola.

Marizza: —Ya sé, perdón.

Pablo: —No importa. ¿Podés moverla?

Marizza: —No, me duele mucho, en serio.

Solo una oportunidad másHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora