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Narra Marizza

Hacía dos semanas ya que habíamos vuelto del barco, había sido un viaje hermoso que lo iba a recordar con mucho cariño, la verdad.

Había hablado con Consuelo sobre lo ocurrido esa noche y pareció quedar todo bien. Me abrí con ella al ver lo mal que estaba y empatizé mucho al darme cuenta de que sí tenía corazón, al menos un poco.

Para mi mala suerte, mi papá volvió a Bariloche, a pesar de que yo le había dicho que por favor se mudara a Buenos Aires, él no había aceptado. Ahora estaba bien con eso, pero cuando me lo dijo sí me enojé, y mucho. Todavía no lo entiendo.

—¿Cómo vas a preferir estar lejos de tu hija y de tu familia?

Me hizo sentir muy mal, me peleé con él, lo mandé a la China, pero hablar con Pablo y con mi mamá me hizo reflexionar, no entenderlo, pero sí aceptarlo para estar en paz.

Estamos a full con la boda de Mía, y era obvio, es Mía, pero creo que me estoy ocupando más de su boda que de lo que me ocupé de la mía, si soy sincera.

También noté que Pablo estaba raro, desde la noche que pasó lo de Consuelo en el barco. Había intentado hablar con él en más de una oportunidad, pero él me decía que no era nada, que me estaba haciendo la cabeza.

Me preocupaba el hecho de que justo después de eso haya cambiado de actitud. No es como que está enojado ni distante. Sé que me oculta algo, lo conozco como si lo hubiera parido yo.

Usé todas mis tácticas con él: la de seducción, la de pena, la de llanto, la de carita de perro mojado... nada había funcionado. Siempre terminaba en: "No es nada, amor, te estás haciendo la cabeza".

Eso es lo que más me jodía: me trataba de loca. Y no estoy loca. Sé que algo pasa y no voy a parar hasta averiguar qué es.

Hoy había sido día de oficina largo, ambos salíamos más tarde. Me fijé la hora y era la del almuerzo. Pensé que sería la oportunidad perfecta para hacerlo hablar, así que me levanté de mi escritorio y fui a su oficina.

Marizza: Hola, amor.

Pablo: Hola, preciosa.

Marizza: ¿Vas a almorzar? ¿Querés que te traiga algo y comemos juntos?

Pablo: No creo almorzar, estoy con mucho trabajo, seguro como algo rápido más tarde, amor, no te preocupes.

Marizza: No te hace bien no comer, Pablito.

Pablo: ¿Qué hablamos, Marizza, de que no uses el rol de mi mamá?

Marizza: —me reí— Sabés que me preocupo por vos, soy tu esposa —dije sentándome en sus piernas cariñosamente—.

Pablo: Cuando yo hago el mínimo comentario, saltás diciendo que no soy tu papá, que no sé qué.

Marizza: Yo soy yo, vos sos vos. Respetá los roles.

Pablo: —me reí— Está bien, señorita.

Marizza: ¿Seguro que no querés comer nada?

Pablo: No, Mar. Andá a comer con Mía, seguro tiene mucho de qué hablar sobre su boda.

Marizza: ¿Me estás echando?

Pablo: Obvio que no, amor. Vení —la besé—, pero tengo que trabajar.

Marizza: Seguís raro, vos.

Pablo: Otra vez con eso... No estoy raro, estoy como siempre, Marizza.

Marizza: ¡No lo estás, Pablo! ¡Estoy insistiendo como una tarada hace dos semanas con lo mismo! ¡Estoy harta ya!

Solo una oportunidad másHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora