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Narra Marizza

Miraba, acostada desde la cama, cómo Pablo armaba su valija, cómo doblaba perfectamente cada remera como si estuviera dando un examen sobre eso. Hasta se esforzaba en doblar prolijamente las medias. Yo lo seguía con la mirada, cada cosa que hacía, casi que con un puchero en la boca. No quería que se fuera y él lo sabía, se lo había repetido todo el día hoy, diciéndole lo mucho que lo iba a extrañar y demás. Faltaba un día para que se fuera y ya lo extrañaba.

Me sentía de 16 de nuevo cuando nos separábamos por tener distintos cuartos en el Elite y lo extrañaba solo por 8 horas.

El hecho de que su tan querida y amable secretaria fuera no me gustaba mucho, pero tampoco podía hacer nada para evitarlo y confiaba en Pablo con los ojos cerrados. Sé que él no va a hacer absolutamente nada y que el problema es mío. Lo que tengo que tratar de hacer es manejar mis celos.

Pablo: ¿te vas a quedar ahí mirándome como si me estuviera yendo a la guerra o me vas a ayudar?

Marizza: mm, me voy a quedar acá.

Pablo: -me reí acercándome- dale amor, ayudame así termino más rápido y hacemos algo.

Marizza: no quiero ayudarte a que te vayas.

Pablo: -volví a reírme- ¿qué pensás? ¿Que por terminar más rápido o más lento la valija no voy a irme?

Marizza: -tardé en contestar- no...

Pablo: -solté una carcajada- mi amor, escuchame -se sentó en la cama para mirarme-. Yo también voy a extrañarte, pero no me estoy yendo porque quiera, es trabajo.

Marizza: sí, trabajo que no te gusta.

Pablo: lo sé, pero es trabajo igual. Obvio que me gustaría más irme de viaje por una gira, pero por ahora es lo que hay.

Marizza: -asentí- okey, okey, ¿en qué te ayudo? -dije rodando los ojos-.

Pablo: -sonreí y la besé- separame tres pares de zapatillas, en lo posible no te quiebres nada -le guiñé un ojo-.

Marizza: ¡Pablo! Ahora no te ayudo.

Pablo: -me reí- dale, tarada, andá, y cualquier cosa que esté a más de un metro cincuenta avisame.

Marizza: pensándolo bien, sí quiero que te vayas.

Escuché su risa mientras entraba al vestidor y negué con la cabeza sonriendo. Elegí tres pares de sus mil zapatillas y se los acomodé en su valija mientras él buscaba cosas en el baño. Cuando volvió me di cuenta porque lo sentí rodeándome con sus brazos y apoyando su mentón en mi hombro, dejando un beso.

Pablo: voy a extrañarte, preciosa.

Marizza: ¿ah sí?

Pablo: sí, mucho -dije siguiendo mi recorrido de besos en su cuello-.

Marizza: -me giré mirándolo- ¿a mí o al sexo?

Pablo: a ambos, pero a vos más.

Marizza: ¡Pablo!

Pablo: ¿qué? Soy sincero, aparte va a ser como cuando estás indispuesta, puedo soportarlo. La que no sé si pueda sos vos.

Marizza: -me reí- sos un tarado.

Pablo: puede ser, sí, pero tengo razón.

Marizza: no la tenés, yo claramente que puedo.

Pablo: no aguantaste ni cuando estábamos peleados a muerte, Mar.

Marizza: ¿perdón? ¡Vos me besaste a mí!

Pablo: ¿qué? ¡Vos me besaste! Yo nada más me acerqué.

Solo una oportunidad másHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora