140

408 21 33
                                        

Narra Marizza

Lunes, definitivamente el día más difícil de la semana. Escuché mi alarma de las 6:40 de la mañana y mis ganas de querer tirarme por la ventana aumentaron. La apagué de un manotazo y cerré los ojos unos segundos más, hasta que sentí que alguien me olfateaba y empezaba a darme lametones en la cara: Bell.

Suspiré y finalmente abrí los ojos, sonreí al ver a mi perra a mi lado, le di un beso y me levanté. Me puse un pantalón negro ajustado con un cinturón y una camisa blanca, fui al baño a asearme y bajé a la cocina.

Pasé por la sala y me di cuenta de que Pablo seguía dormido. Me quedé mirándolo desde el umbral de la puerta y sonreí inconsciente. Todavía no habíamos hablado de lo que había pasado, ya empieza a parecerme estúpido, la verdad. Mandé a Bell a que hiciera exactamente lo mismo que conmigo para despertarlo y corrí a la cocina para que no me descubra. Prendí la cafetera mientras todavía me refregaba los ojos.
Tomé una manzana de la heladera ya que no tenía ganas de preparar nada. Me di vuelta cuando escuché pasos y vi a Pablo entrando en la cocina. Me moví incómoda, tratando de no mirar su espalda desnuda, pero se me hizo tarea imposible.

Pablo: ¿Hiciste café?

Marizza: Sí, sí, estoy haciendo.

Dije tartamudeando un poco, me insulté internamente y seguí comiendo la manzana, fingiendo que no tenía a mi marido —con quien no tenía ningún tipo de contacto físico hace casi una semana— en cuero delante mío, súper sexi, recién despierto. Es la única persona que se puede ver así recién levantada.

Marizza: Si querés, yo te lo preparo. Andá a arreglarte que vamos a llegar tarde.

Pablo: –Asentí– Gracias.

Me bajé de la barra acercándome a la mesada donde estaba el café. Los hice, y mientras tomaba el mío y esperaba que Pablo bajara, le puse comida a Bell, que estaba reclamando su porción matutina. Una vez que terminé mi café, subí al cuarto a buscar mis zapatos y a abrigarme ya que hoy hacía bastante frío. Me puse una bufanda y el abrigo. Agarré las llaves del auto y bajé de nuevo con intención de salir de casa, pero una voz me detuvo.

Pablo: Si me esperás 5 minutos, vamos juntos.

Me giré y lo miré, sorprendida y un poco conmovida por su propuesta de ir juntos al trabajo, cosa que hacemos habitualmente pero que ahora parece algo tan lejano.

Marizza: Está bien.

Esperé a que terminara de desayunar y salimos de casa. Me subí al auto y arrancó hasta el trabajo. Nos subimos al ascensor y no pude evitar esbozar una sonrisa divertida cuando recordé la última vez que habíamos estado solos ahí. Miré a Pablo, que se veía un poco incómodo con la situación, lo que me hizo ampliar mi sonrisa, conteniendo la risa. La tensión se podía cortar con una tijera.

Sonia: ¡Hola, ciela! ¿Cómo estás, mi amor?

Marizza: Hola, Sonia. Todo bien, ¿y vos?

Sonia: Genial. Me dijo Miita que el otro día se emborracharon.

Marizza: –Reí– Ah, sí. El viernes, en su casa. ¿Mía borracha? ¿Lo podés creer?

Sonia: Solo vos lográs esas cosas.

Marizza: Qué halago.

Sonia: –Reí– Me encanta que se lleven así de bien. Hoy tenés que seguir el trabajo con ese muchachito, ya está esperándote en tu oficina.

Marizza: ¿Ya? Qué chico responsable.

Sonia: Lo es, por eso lo elegimos. Cuando lo terminen, que Pablito lo revise. Franco no está hoy.

Solo una oportunidad másHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora