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Narra Pablo

Salí a la entrada a tomar un poco de aire, me apoyé contra mi auto y suspiré mirando el cielo. Por más de que sabía que el comentario de los chicos no había sido mal intencionado, me había jodido, y hoy más justamente.
Simplemente no entendía por qué yo siempre tenía que ser el ejemplo de "hijo con padre de mierda". Ya sé que mi papá fue el peor, ya sé que me dejó un montón de traumas, ya sé que no es mi culpa que esté donde esté, ya sé que se lo merece. Cualquier cosa que puedan decirme yo ya la sé, porque mi cabeza ya la pensó, así sea con 15 años o con 24. Eso era lo que dolía.

Yo estaba tratando de olvidarme de esto hoy, de distraerme del hecho de que hoy es el cumpleaños de Sergio y que está allá encerrado mientras yo estoy a punto de salir a un bar a festejar y vienen estos a recordármelo como una cachetada de realidad.

Y lo peor era que tenía que fingir demencia de todo para no generar un ambiente incómodo ni arruinar la noche, aunque ya había creado un ambiente incómodo yéndome en ese momento.

Escuché la puerta de la casa abrirse y me enderecé, vi a Mar salir y fingí una sonrisa, aunque por dentro estaba bufando, no por ella, sino porque no quería un interrogatorio ahora y tampoco quería decir cómo me sentía.

Se paró a pocos centímetros mío y simplemente me abrazó, le seguí el abrazo con gusto, creo que lo necesitaba más de lo que quería admitir. Apoyé mi mentón en su cabeza y dejé un beso allí, la presioné contra mi cuerpo como si realmente necesitara sentirla cerca de mí. Se separó despacio y me miró.

Prepárate, Pablo.

Marizza: Amor, ¿te acordás que en nuestra adolescencia nos hablábamos con apodos muy asquerosos?

Pablo: ¿Eh?

Marizza: Sí, extremadamente cursi, apodos que si hoy en día me los decís te dejo.

Pablo: —me reí— ¿Como cuáles?

Marizza: Me decías "chiquitita" —hice una mueca de asco—, creo que una vez llegaste a decirme "cosita". Dios, se me está revolviendo el estómago.

Pablo: —solté una carcajada— Teníamos 16, Mar.

Marizza: ¡Igual! Y yo te decía "amorcito", ¿cómo mierda yo te decía así? ¿Qué me habías dado?

Pablo: Sinceramente no sé, me había olvidado de esos apodos tan... cursis.

Marizza: Qué suerte, porque yo no me los olvidé, creo que me traumaron.

Pablo: No exageres, chiquitita.

Marizza: ¡Pablo, callate! —le pegué—.

Pablo: —reí— Me callo, me callo.

Ambos soltamos una risa que se fue apagando de a poco, dejando un silencio tranquilo, uno de esos que dicen "los dos sabemos que pasa algo, pero no es el momento".

Marizza: ¿Estás bien?

Pablo: —suspiré y asentí bajando la cabeza— Sí, bien.

Marizza: Sé que no es el momento de hablar, pero cuando quieras, acá estoy.

Pablo: —asentí— Sí, gracias, Mar.

Marizza: De nada... amorcito.

Pablo: —me reí— Ya paremos.

Marizza: Sí, en serio.

Narra Marizza

Sabía que Pablo estaba mal, pero también sabía que no era el momento y que ahora empezar a hacerle un cuestionario o recriminarle que no me haya dicho que era el cumpleaños de Sergio iba a ser peor para él, ya que, conociéndolo, sabía que eso era lo que menos quería.
Por eso preferí entrarle por un lugar tranquilo y seguro, "chistes y recuerdos" de nuestra adolescencia.

Solo una oportunidad másHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora