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Narra Marizza

El sol me pegó de lleno en los ojos cuando los abrí. Estiré la mano y no sentí a Pablo en la cama. Fruncí el ceño y me senté en la cama, estirándome mientras bostezaba.
Me levanté y bajé a la cocina perezosa, con esa fiaca de domingo.

Vi a Pablo con los auriculares puestos y la computadora abierta en el sillón, visiblemente concentrado en lo que hacía. Sonreí mirándolo desde una esquina, se veía tan lindo concentrado. Me encantaba en su modo de entrecasa porque estaba en joggins y sin remera, pero con esa cara de empleado responsable que trabaja hasta los domingos.

Me acerqué lentamente y, al verme, sonrió. Me incliné, sacando su computadora de sus piernas, sentándome yo a horcajadas sobre él. Lo abracé y escondí mi cara en su cuello, dejando besitos ahí mientras le sacaba los auriculares de un tirón.

Pablo: buen día, mi amor.

Marizza: ¿qué hacés trabajando un domingo? -dije incorporándome para mirarlo-.

Pablo: no estaba trabajando, estaba planificando lo del viaje, adelantando un par de cosas, no más que eso.

Marizza: no es legal trabajar un domingo, Pablo.

Pablo: -reí negando con la cabeza- por suerte llegaste vos al rescate.

Marizza: -sonreí- así es -lo besé- y agradeceme por sacarte de ese infierno.

Pablo: gracias, amor.

Marizza: de nada, ¿ahora desayunamos?

Pablo: ¿desayunar? -dije riendo- son casi las doce.

Marizza: ay, ¿tanto dormí?

Pablo: bastante, pero bueno, podemos cocinar algo rico para almorzar juntos.

Marizza: no tengo energías -dije tirándome encima suyo de nuevo-.

Pablo: hoy estás en modo domingo, ¿no?

Marizza: claramente, quiero pasar todo el día así, abrazada a vos en el sillón -sonreí acurrucándome-.

Pablo: me encanta que quieras eso, pero hay que comer, así que vos quedate acá y yo preparo algo.

Marizza: me hacés sentir vaga y voy a tener que ayudarte.

Pablo: -reí- ayudame entonces.

Marizza: okey, vamos -dije, pero no me moví-.

Pablo: tengo que cargarte, ¿no?

Marizza: sí, pabli.

Me aferré a su cuello y se levantó conmigo abrazada a él como un koala. Me tomó del culo para llevarme a la cocina y me dio un ligero apretón antes de dejarme sentada en la barra.

Marizza: ¡Pablo! -le pegué-.

Pablo: merecía una mini recompensa.

Marizza: tarado.

Se rio y fue a la heladera a fijarse qué teníamos. Nos decidimos por almorzar pastas, algo rápido y rico. Pablo me puso a mí a cortar algunas verduras para la salsa, mientras él amasaba los ñoquis. Mis ojos empezaron a lagrimear por la cebolla y, mientras Pablo se reía de mí, en un minuto donde me distraje, me tiró un puñado de harina en la cara.

Marizza: ¡Pablo, no! ¡Te voy a matar!

Pablo: -me reí- estabas llorando mucho, reíte un poco.

Marizza: ¡te odio! Se me va a hacer un engrudo en la cara.

Pablo: vení, que te ayudo, amor -dije riéndome-.

Se acercó a mí y me pasó un papel por la cara y me limpió los ojos con agua. Mi cara reflejaba enojo y venganza.

Solo una oportunidad másHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora