Capítulo veinte.

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Adam.

Ella nos había visto. Sus ojos se aguaron y se fue dando tremendo portazo.

—Mierda—susurré, intentando alejarme.

Quería estar con la chica de ojos verdes mas que cualquier cosa en todo el mundo, pero por una extraña razón ver los ojos aguados de la castaña me había dado mucha lástima.

¿Será que ella sentía algo por mi? ¿Esa niña caprichosa sentía algo por mi?

No negana que le gustaba, ella a mi tambien me gustaba. Me gustaba su cuerpo y era muy bonita, de esa forma me gustaba.

Pero sentir y gustar eran palabras muy diferentes, una era sexo y la otra promesas de amor y mierdas para las que yo ya no estaba preparado, con ella ni con nadie.

Anabelle siguió besándome, pero mi erección comenzó a bajar poco a poco, no podía dejar de pensar en la chica.

Que ella nos haya visto había sido de lo más irresponsable de mi parte, y esto debía acabar. Tenia que hablarlo con Anabelle y llegar a un consenso. Estábamos en el trabajo, no en las vegas de vacaciones.

—Detente, An... escucha, Skyler va a montar un drama— la corrida de besos seguía, a pesar de que Skyler había abierto la puerta y nos había descubierto.

—Me da igual—murmuró, con al respiración agitada—hacer drama es algo propio de ella, no es como si no lo hubiese hecho antes.

—Sí —, la alejé con algo de fuerza— pero la conoces, y como es ella probablemente haya huido o algo parecido, debo ir a verla.

Si algo malo llegara a pasarle no me lo perdonaría.  Anabelle me detuvo por el brazo.

—Ds igual, recuerda que ayer por la madrugada llegó el refuerzo, no hay forma de que ella escape, está repleto de guardias en todo el lugar... lo sabes.

—Sí, pero...

—Ya deja de buscar peros, sólo... sólo bésame.

Y como un loco adolescente que no sabía lo que hacía, ni lo que quería le hice caso, como un completo idiota que no sabía a lo que se enfrentaba.

Los besos mojados de Anabelle bajaron por mi abdomen una vez que mi camiseta estaba fuera, pensé en Sky.

Sabía que ella aunque no quisiese aceptarlo, sentía algo por mi, y ver esto le había dolido aunque hubiese sido un poco, sentí lástima por ella.

El sonido de mi cinturón cayendo me distrajo de mis pensamientos.

—¿Me has extrañado tanto como yo a ti?—preguntó Anabelle sentada sus piernas.

—Sí, sabes que sí—acaricié su cabello.

¿Realmente la había extrañado como ella a mi? Sabía que ella había sido el gran amor de mi vida, y que hace unos años por ella habría sido capaz de mover el mundo, pero ¿La había extrañado tanto como ella a mi? Creo que mi corazón sabía la respuesta, pero mi boca dijo otra.

Su sudadera cayó al suelo, y sus pechos eran visibles aunque no del todo por el sostén de encaje azul. Ha cambiado, o quizás he cambiado yo. Los pechos de Sky eran más redondos, pero un poco más pequeños. Y, demonios, ¿Por qué sigue ella en mi cabeza?

No lo sabía, pero sus ojos cristalizados y su mandíbula temblorosa seguían en mi memoria como los latidos de mi corazón.

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