Capítulo cuarenta.

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ATENCIÓN: ESTE CAPÍTULO ES RECOMENDABLE PARA UN PÚBLICO +16, SE RECOMIENDA DISCRECIÓN.

Todo iba tan jodidamente bien en la casa que parecía que ya los problemas habían cesado, parecíamos amigos intentando convivir en un lugar deshabitado, parecíamos cuatro adolescentes que a veces decidían pelearse por cualquier estupidez.

Las cosas habían cambiado, y bastante. Había pasado un mes desde que estábamos asuí.

Ian y Zoe han de parecer perro y gato, ella va y viene diciéndole groserías y él simplemente se limita a seguirle el juego. La mayoría de las veces generan discusiones que terminan resolviéndose en la cama. A lo que sólo queda taparse los oídos y pensar en otra que no sea que tu mejor amiga está teniendo sexo con el hermano del chico con el que dormías, qué drama, ¿No?

Y yo, por mi parte, he decidido intentar olvidar lo que ha sucedido con Adam; su discurso de perdón me conmovió, y no lo negaré, lo amo con todo mi corazón, pero a pesar de todo aquello, no era capaz de perdonarlo inmediatamente. No podía, lo intentaba, pero me estaba costando más de los espero confiar en su palabra de no volver a hacerme daño.

Aunque no le niego los besos, las caricias, y algunos toqueteos por las noches, no lo había perdonado.

Y es que, ¿Cómo hacerlo? Me había hecho sufrir demasiado, y coño, que tengo dignidad.

Poca, pero tengo.

De los demás no he sabido absolutamente nada, y extraño con todo mi jodido corazón al equipo, y Ryan sobretodo, él se había convertido en mi mejor amigo, en mi pilar en ese turbio lugar, y ahora que no está siento un vacío enorme.

Me jode no saber cómo está, si está bien o mal, o si se ha metido en un lío, o cualquier cosa, o qué hace, o a quién jode.

De mi padre he sabido poco y nada, ha dejado de llamar y veo un trazo de incomodidad hacia Adam o Ian cada vez que pregunto por él, lo extraño, demasiado. Me molesta
la idea de pensar en que no lo ha hecho porque se ha olvidado de mi.

—¿Vas con nosotros, o te quedas?—me habló Ian desde la puerta con Zoe a su lado, esta última lo miraba como si de un príncipe se tratase.

—¿Vais a ir todos?—le pregunté, mientras me acomodaba el pantalón.

—Sí, y no es conveniente que te quedes aquí—murmuró—, así que si no vienes, Adam se quedará contigo.

—¿Cómo quiero saber si iré si ni siquiera sé a dónde?

—Oh, iremos a cabalgar—dijo.

—Oh, paso—murmuré, levantando las manos—pásenlo bien, me quedo aquí.

—Vale, Adam está en nuestra habitación terminando el equipo de vigilancia, ya sabes que hacer.

—Claro—murmuré—, pasadlo bien.

Él sin más cerró la puerta y pude sentir el silencio en la casa, esta era de por sí muy pequeña, cualquier ruido, o cualquier cosa se sentía a gran escala.

Sentía que había madurado en este año, más de lo que lo había hecho en toda mi vida, faltaba poco menos de dos semanas para mi cumpleaños

Derrepente y sin ningún aviso, unas suaves manos se colaron por mi cintura, mi corazón salió disparado y no había que ser inteligente para saber de quién era aquel aroma.

Su pecho estaba pegado a mi espalda, y por un segundo anhelé cerrar los ojos y quedarme en esta posición hasta la muerte. Más bien, quedarme junto a él hasta que eso sucediera.

—Nos han dejado solos—murmuró en mi oído, sus manos parecían finas espadas contra mi piel, así lo sentía yo.

Él era como una espada, una terca, y dolorosa espada. Podía estar a mil metros de él, pero aun seguiría pensando en cuánto dolería el impacto, podía estar entre él y la pared, y él siempre causaría el mismo efecto. Él era mi espada personal.

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