8. El Mapa del Merodeador

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Tras aquella tarde de revelaciones decidí el nombre de mi nueva compañera: Yara. Escogí aquel nombre por un cuento de Bastian que iba sobre una princesa y una dragona. Así al menos sentía que lo había elegido conmigo.

Yara era perfecto.


Había pasado algo más de un mes desde el día que encontré a Yara. La loba había crecido bastante desde entonces. Había pasado de llegarme por encima del tobillo a llegarme a la rodilla. Era increíble.
Teníamos una gran conexión, daba la sensación de que habláramos en el mismo idioma. Solo tenía que decir algo y ella lo hacía, pero nuestra vinculo era algo más. Una vez le hablé de Bastian, le conté quién era, le mostré todos los recuerdos que compartíamos, le leí un cuento, le leí su carta de despedida y cuando terminé mi relato acabé destrozada. Perdida. Volví al hoyo en el que caí el día de su muerte, pero de repente, Yara se me acercó y apoyó su cabeza en mí como en una especie de abrazo. Después noté una sensación de alivio y felicidad. Me llegaban imágenes a la mente, olores. No podía explicar lo que sentía, pero podía decir que supe exactamente lo que me quiso decir con aquello:—Tú puedes, eres fuerte, me tienes aquí.
Y aunque no fuera con palabras me llenó más que cualquier cosa.
Todo saldría bien.

Cuando me senté sobre la cama supe que ese iba a ser un gran día. Quedaba menos de una semana para que fuera a Hogwarts. Mi baúl y mi maleta estaban listos. Solo me quedaba recoger la túnica y los libros, y ya estaría allí. Lo único es que no podría llevar a Yara. Albus Dumbledore había contestado a la carta que le había mandado mi padre.  No podría llevar a Yara a Hogwarts por motivos de seguridad.
Aún así, Yara no parecía preocupada, aunque sí un poco triste por no acompañarme, pero a través del vínculo me mostró que durante ese tiempo ella estaría en el bosque, con los demás.


Miré a Yara desde la cama. Estaba empezando a despertarse. Movió la cabeza y abrió los ojos. En cuanto me vio empezó a mover la cola.
—Buenos días—murmuré con una gran sonrisa.
Entonces abrió los ojos y noté una sensación de tristeza. Sabía que hoy me iría con mi abuelo a Londres.
—No te preocupes, podemos jugar hasta que venga el abuelo—le dije mientras le acariciaba la cabeza.
Yara  se levantó de repente y salió corriendo por la puerta.
—Por supuesto, antes habrá que desayunar.
  Cuando llegué al comedor vi a mi padre sirviéndose café mientras que mi tía leía el periódico, El Clarividente, como siempre.
—¿Nerviosa?—preguntó mi padre levantando la mirada de su café.
—Claro que no, es una Alma. Nosotros somos superiores a eso—contestó mi tía sin apartar la mirada del artículo.
Mi padre miró a su hermana y después puso los ojos en blanco. Mi padre era un hombre muy serio fuera de casa, y aunque conmigo dejaba todo aquello, con mi tía volvía a ser un niño pequeño.
—Claro, hermanita.
—Yo seré la pequeña, pero los dos sabemos que soy la que tiene el cerebro más grande.
No pude evitar reírme. Mi padre y su hermana, importantes figuras de la magia y discutiendo como niños en la mesa del desayuno.
—¿A qué hora llegará el abuelo?
—Pues llegará más o menos dentro de una hora—respondió mi padre mirando su reloj.
—Perfecto.

Lancé un palo hacia el bosque bajo la atenta mirada de Yara. El palo no llegó ni a rozar el suelo cuando ella saltó, cogiéndolo en el aire.
Escuché como alguien se acercaba aplaudiendo.
—Bravo, veo que la tienes bien amaestrada—exclamó una voz en inglés a mi espalda.
Supe inmediatamente quien era. Gabriel Stump, el exjefe de aurores británicos y mi abuelo. Sonreí cuando me giré y vi su bigote plateado.
—¡Abuelo!—grité mientras corría a abrazarlo.
—Hola, pequeña—murmuró mi abuelo en mi oreja devolviéndome el abrazo—. Bueno,¿estás preparada para ir a Londres?—preguntó recolocándose su sombrero gris.
—Por supuesto.
Me giré para mirar a Yara.
—Es hora se despedirse—murmuré con tristeza acariciando su cabeza.
Una sensación de tristeza, me sacudió el cuerpo, pero de pronto llegó un resquicio de esperanza. Supe exactamente lo que me quería decir.
"Hasta luego, Claire."
Entonces la loba apretó su cabeza contra mi pecho y después de echarme un último vistazo se alejó en el bosque. Sabía que mientras no estuviera ella estaría con su familia, donde tenía que estar.
—Supongo que ya es la hora—murmuró mi abuelo poniendo una mano en mi hombro, mirando también a Yara marcharse entre los árboles.
—La echaré de menos.
—Lo sé, pero estará bien.
Asentí y me dirigí con mi abuelo a la puerta principal de la mansión, donde me despedí de mi padre y de mi tía.
Me asomé por la ventana del carruaje viendo cómo la mansión cada vez se hacía más pequeña. Observé cómo sus ladrillos negros iban desapareciendo, hasta que ya no vi más que un bosque verde.
Miré al cielo, nos dirigíamos a Londres. Iba a cumplir mi sueño. Iba a ir a Hogwarts.
Apreté el libro de Bastian contra mi pecho.
Todo saldría bien.

La Dama DoradaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora