Capítulo 47.

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EL PODER DE PROTEGER



En el momento en que Meghan pega la carrera hacia la puerta de la casa, uno de los tres lobos se abalanzan hacia adelante. Mi cuerpo se dobla a la mitad al recibir la punzada de dolor que precede al cambio, ésta vez, ocurre de forma más rápida. Alcanzo a quitarme el suéter y la camisa para lanzarlos hacia algún sitio, moví las manos ya curvadas en garras hacia los pantalones, pero mi espalda se arquea para darle más espacio a la nueva posición de mis vértebras. El lobo arremete con gran velocidad hacia mí con las fauces abiertas mostrando una espesa y putrefacta espuma roja, con los ojos vacíos observando a su presa: yo. Logro incorporarme y medio trotar y arrastrarme sobre mis pies y nudillos, abalanzándome hacia adelante a su encuentro. Tomo impulso y salto sobre la bestia, mi cuerpo deshaciéndose de su forma humana y dejando libre al animal, recibiendo el impacto como loba.

La primera y única vez que he luchado contra estos monstruos fue cuando ocurrió mi primer cambio y no tengo recuerdos de lo sucedido. Aidan y Jera han dicho que he sido yo quién los hizo retroceder. No les he creído entonces, ¿cómo es posible cuando nunca antes había experimentado siquiera el cambio? Pero ahora lo comprendo: la fuerza y el poder que alberga el animal bajo mi piel es sublime y embriagador. Es el poder que se me ha dado para proteger.

El choque de cuerpos hace retroceder al lobo, sacude hasta mi último hueso, pero soy capaz de aterrizar sobre las cuatro patas sin llegar a resbalarme en tierra húmeda. Y sin darle la oportunidad de reincorporarse, salto sobre él nuevamente, dirigiendo mis colmillos directamente hacia su cuello, alcanzando mi objetivo. Atravieso músculos, tendones, arterias y nervios, la sangre explota dentro de mi hocico y se desparrama por mi pecho, y me aferro. Cierro con fuerza las fauces en ese punto, el lobo intenta sacudirme de encima, intenta alcanzar mi propio cuello con sus dientes, pero debido al ángulo en el que lo tengo agarrado, no puede virar la cabeza a su antojo. Se lanza al suelo tratando de arañarme con las garras, mas, no lo suelto, ni siquiera cuando siento que las hunde sobre mi lomo. El charco de sangre bajo nosotros se vuelve cada vez más grande, siento el pulso de la bestia en mi boca que, a pesar de haberle cercenado varias arterias, no parece disminuir.

Desángrate, desángrate.

Es ahí cuando los otros dos lobos salen de su escondite y se mueven a toda velocidad en mi dirección. Apoyándome con firmeza sobre mis patas traseras, levanto el inquieto cuerpo del animal que tengo agarrado, lo sacudo violentamente un par de veces para atontarlo y, cuando uno de los lobos está lo suficientemente cerca, lo lanzo sobre él, logrando así que retroceda y poder recibir el impacto del otro que se abalanza encima de mí. La bestia salta tan alto que casi me aplasta con su peso y enterró sus colmillos sobre la parte baja de mi lomo. Me tiro a rodar sobre la tierra para intentar quitármelo de encima y le muerdo el muslo de una de sus patas traseras con fuerza suficiente para que me soltase. Retrocedo justo a tiempo antes de que los otros dos se me tiren encima.

Necesito eliminar a uno de ellos rápidamente o no podré con los tres al mismo tiempo. Así que, velozmente, arremeto contra el que he dejado sangrando, es el más débil y lento de los tres. Me doy cuenta que los ataques de ellos no son estratégicos, sólo muerden y arañan, no piensan en dónde hacerlo o en qué momento; debo usar esa ventaja. El lobo herido ha disminuido la velocidad y fuerza de sus movimientos, por lo que no puede hacer nada cuando me posicione detrás de él y me subo sobre su lomo encerrándole el cuello una vez más entre mis colmillos. Entierro las garras sobre su espalda para que no pueda sacudirme y jalo de su cabeza de forma agresiva hasta que oigo el sonido de sus vértebras cervicales siendo separadas. El animal deja de moverse.

I. The Calling ©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora