Capítulo 15.

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HABÍA UNA VEZ, UN HOMBRE BAJO LA PIEL DE UNA BESTIA



Hace mucho tiempo atrás, en las tierras cubiertas por hielo y donde dominaba el invierno, existió un solitario lobo que fue rechazado por todos y, desde entonces, vagaba por los fríos rincones del mundo.

Acostumbrado a siempre moverse, se ganó un lado en un recóndito bosque que podía ofrecerle lo suficiente para sobrevivir, sin embargo, por más que se tratara de convencer, día a día, que vivir era lo único que podía hacer, la soledad comenzaba a ser un peso que, con el pasar del tiempo, se hacía cada vez más imposible de cargar. Lo habían llamado monstruo, lo habían torturado y desterrado. ¿Para qué seguir en un mundo que se empeñaba en deshacerse de él? ¿En convertirlo en el villano de la historia? ¿Vivir en perpetua soledad y sufrimiento?. Claro, fácil es decir que podría acabar con su propia vida cuando quisiese, incluso siendo un animal, pero ni siquiera el derecho de decidir sobre su propia muerte tenía. Le habían arrebatado hasta su voluntad. Lo peor era que... él ni siquiera entendía por qué.

Cuando ya estaba resignado a existir en la miseria, apareció ella.

Era principio de la temporada cálida, cuando el hielo empezaba a derretirse y los árboles florecían nuevamente. Él estaba cazando sin gana alguna, el escurridizo conejo se le había escapado ya varias veces y no precisamente porque fuera mal cazador, simplemente, no le veía el sentido a buscar algo para comer, ¿qué caso tenía intentar alimentarse? No era cómo que pudiera morir de hambre tampoco.

Algo lo distrajo: el ruido de unas ligeras y danzarinas pisadas, un murmullo de una suave voz y un aroma dulzor. Por mera curiosidad, siguió aquellas pisadas y voz, y entremedio de los gruesos troncos y la frondosa naturaleza, pudo distinguir una pequeña y delgada figura cubierta por una capa de un color rojo intenso, cómo la sangre. El lobo no había visto a un humano hacía años, había olvidado que todos alguna vez habían sido así de pequeños y con ese aire de inocencia marcado en la mirada. No quería acercarse, sabía que, si incluso lo intentaba, sólo se encontraría con el rechazo otra vez, pero fue el anhelo de un poco de compañía lo que movió sus patas inconscientemente hacia la dueña de la capa que se movía con total confianza entre la naturaleza. Cuando estuvo a una distancia un poco más escasa, pudo notar los rasgos de su tierno rostro: una cara redonda, pero con prominentes pómulos, una fina y pequeña nariz en el rostro más blanco que había visto. Hizo un movimiento descuidado y pisó una rama, llamando la atención de la niña sobre él, haciendo que sus ojos se fijaran en los suyos. Eran tan azules y brillantes cómo el azul de algunas auroras boreales. Se miraron por una cantidad mínima de segundos, mas, para él, fue cómo si los años pasaran a su alrededor. La niña esbozó una gran sonrisa con dientes faltantes y se levantó con toda la intención de acercársele, sin embargo, las malas experiencias pasadas le dañaron la confianza y huyó de ella. Pero esa no fue la última vez que se vieron.

Todos los días, mientras el sol brillaba y calentaba el bosque, la pequeña humana se aventuraba en él con su distintiva capa roja y una cesta llena de cosas que olían delicioso, aunque otras veces, estaba llena de flores. El lobo siempre la vigilaba a lo lejos, hasta que en algún momento, se dio cuenta que comenzaba a cuidar de ella, a asegurarse de que llegara a salvo a su destino: la única casucha que había en ese desolado lugar. Allí vivía una anciana que siempre le dejaba unas cuantas sobras, habían entablado una silenciosa cercanía que se basaba más que nada en la simple reciprocidad donde ella le daba alimento y él protegía los alrededores. La niña parecía estar relacionada con la anciana, ya que pasaba horas allí, jugaba en los perímetros y hasta olía un poco como ella. Unas que otras veces, sus ojos volvían a encontrarse y, muchas veces, ella intentó aproximarse, pero el lobo siempre huía, hasta que con el pasar de los días y los fallidos intentos, ella comprendió que no permitiría que se le acercara y dejó de insistir, se conformaba con mirarle.

I. The Calling ©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora