15. Sueños de primavera

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Finalmente sucumbió a la tentación de la bañera. No había nada mejor después de un día largo y tenso, el agua se ocupaba de aliviar sus tensiones corporales traducidas en el cuerpo por la presión de reinar.

Unas manos empezaron a vagar por su cuello dándole un agradable masaje. Hades cerró los ojos mientras se dejaba caer contra esas manos.
Unos cabellos cosquillearon contra su cara, pertenecientes sin dudar a la persona que le estaba masajeando. Tenía lógica, claro.

Al abrir los ojos se encontró con los maravillosos ojos de la diosa de la primavera, que lo miraba traviesa y antes de darle tiempo a decirle nada lo silencio con un tierno beso. Que dulces eran sus labios, pero no se podía esperar otra cosa de su adorada flor. Se quejo un poco cuando ella cortó el beso.

-No seas impaciente, yo también quiero darme un baño contigo pero primero necesito quitarme la ropa –su piel estaba adorablemente sonrojada, pero no parecía especialmente tímida.

Tampoco es que pudiese pensar demasiado teniendo en cuenta que le había dicho que iba a desnudarse para meterse en el baño con él. Escuchó el frufru de las telas al deslizarse a sus espaldas y los pasos acercarse. No recordaba haber llegado a esa situación y eso le hizo disparar todas las alarmas. Sentía la vista borrosa, pero desde luego iba a poner fuerza de voluntad en fijarse un poco en su alrededor en lugar de mirar a su preciosa acompañante. Trató de fijarse en los detalles de la habitación y la notó difusa.

-Perséfone, ¿qué está pasando exactamente? -volvió de nuevo la vista a otro lugar, teniendo casi por seguro lo que estaba ocurriendo.

-Que vamos a darnos un baño amor, ¿qué más podía pasar? -ella se iba acercando, sus pasos resonaban ya descalzos en la habitación- Bueno, además de lo que pasará que no tendrá que ver con la higiene –le contestó con una risita.

Lo abrazó por detrás, la Perséfone de su sueño parecía tan real como la original. Claro, la original no lo abrazaría desnudo en el baño, pero por el resto era una copia altamente conseguida. A pesar de que fuese un producto de su inconsciente se sintió terriblemente culpable por dejarse querer y recibir una ristra de cariñosos besos por el cuello. La tentación era grande, por no decir enorme, pero no podía ceder a ella.

Despertó en su enorme cama solitaria, con dos problemas enormes.  Uno de ellos podría arreglarse con agua fría o relajación , en cuanto acabase con ese tendría que atajar el segundo, porque desde luego no podía hacer nada en esas condiciones.

Una vez arreglado su primer problema debía decidir como acabar con el segundo. Se suponía que no podía soñar, osea que había un culpable claro sobre esa situación. Tardó poco en adecentarse y cargar con su armadura y yelmo. La tarde anterior había querido imponer menos miedo, ahora su intención era justamente la contraria. Desde su reino podía elegir cualquier lugar del exterior al que aparecer, al menos él.
Los demás tenían que usar las entradas marcadas, pero era una de sus prerrogativas como soberano del lugar.

A esa hora solamente había un lugar en el que podía estar el ser al que estaba buscando. Ya se encargaría de pedirle perdón a Nyx por lo que fuera que le acababa haciendo a su hijo, pero en ese momento no se sentía capaz de tener una conversación pacifica con Hipnos. No solamente había desobedecido la orden directa de no hacerlo soñar, sino que encima ese sueño con ella... Casi habría preferido una pesadilla.

El problema con ese sueño era que le había gustado demasiado. Sabía que los sueños tenían la tendencia a mostrar muchas veces lo que no se quería admitir, y era capaz de ser lo suficiente honesto como para admitir que la diosa de la primera le parecía sumamente atractiva y desde luego le importaba mucho. Era una buena amiga y no dudaría hasta en enfrentarse a su hermano por ella.
No necesitaba ahondar en lo que ello podía significar, sobre todo dado que eran unos sentimientos condenados a tener que desaparecer antes de poder surgir. Pero al parecer su trabajo para reprimirlos en todo lo que buenamente podía era en vano, dado que al dios del sueño le había dado por ponerse a jugar con su cabeza.

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