33. El amor que me falta

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Hermes recordaba la primera vez que bajó al Inframundo, no era algo que se olvide por muchas miles de veces que se hubiese hecho de nuevo. Tenía que entregar un puñado de almas y presentarse ante el señor de esas tierras. Había escuchado historias sobre un señor sombrío y solamente esperaba hacer su trabajo sin que se fijase en él. Tardó en cambiar de idea tan pronto como este le recibió con una sonrisa amable y le ofreció a enseñarle el reino.

Era muy joven y se sintió tan tímido y abrumado por la amabilidad y la belleza del rey que tardó muchas visitas en poder hablarle. Creyó estar enamorado de él, incluso. Con el tiempo aprendió a diferenciar los sentimientos y que simplemente se sentía tremendamente atraído por él y además le caía bien. Fue una relación bastante sencilla para ambos, eran buenos amigos y amantes.
Para mucha gente el señor del Inframundo era solido y frio como su reino.

Esa gente no lo había visto perder un trozo de su alma sentado frente al álamo que fue antaño su amante. Esa gente no lo había visto en ese mismo momento. Solamente habían pasado cuatro días desde que la diosa de la primavera había vuelto a su hogar. Las cosas habían estado movidas con el tema de la visita de Cronos a Rhea, nadie supo que pasó en ella, pero la titán volvió a su celda sin incidentes.

Cuando lo invitó a su alcoba le extrañó, no por la invitación, sino porque no parecía de humor para ninguna actividad sexual. Aun así no se quejó en ningún momento mientras veía a Hades deshacerse de su ropa, en ese momento no estaba para pensar en nada que no fuese en el festín para la vista que tenía delante y no tardó en imitarlo, tendría que aprovechar y darse el festín también al tacto.

Normalmente era un amante generoso, pero tenía el día exigente, demasiado. Estaba como ausente, notó muy rápido que lo estaba usando como un cuerpo sin rostro, de manera totalmente mecánica. Y tan pronto como había empezado lo vio disculparse e intentar alejarse.

Parecía, si era posible, más triste aún. Quizá si hubiese sido otro ese sería el momento en el que Hermes se habría vestido y habría salido a toda prisa sin mirar atrás, un amante que no funcionaba era inútil. Pero claro, era Hades.

Desde luego abrazarlo mientras hundía los dedos en sus sedosos cabellos no era lo que tenía pensando para ese momento, pero no se quejaba. Aunque fuese a transmitirle solamente un poco de calor piel con piel y darle unas caricias de consuelo, estaría ahí.

Al final habló, que destrozado estaba, que palpable era su pesar. Como creía necesitar borrarse el rastro de la diosa de la primavera de su corazón. Como si el contacto piel con piel pudiese borrar algo que estaba tan adentro. Afrodita siempre decía que su dominio era del que provenía el más cruel de todos los dolores, y viendo el hermoso rostro de Hades empezando a ser surcado por las lágrimas no le cabía ninguna duda de que la hermosa titanide tenía razón.

Le contó que entendía lo que había pasado, como no había podido controlar su propio reino y la había hecho su consorte sin tener una elección real. La había maldito a ser su reina, dijo. En ese punto Hermes no punto evitar dejar de acariciar sus cabellos para tirar de los mismos para obligarle a mirarlo a los ojos. Y le dijo lo que sentía de corazón. Que recibir su amor no era sino un premio tan grande que ni se podía imaginar, que estaba seguro de que Perséfone lo veía como una bendición que ni se merecía.

El rey creía que la joven diosa se había dejado deslumbrar por su reino y, admitió un poco avergonzado, por su belleza también, pero que no comprendía del todo lo que sería de ella si la hacía su reina, como se iría apagando poco a poco en su reino de muerte. No podía ser el culpable de eso, simplemente no podía aceptar el amor de la diosa aunque eso acabase con él.

Hermes no pudo evitar bufar y gritarle en la cara. Luego pensaría que no había sido lo más correcto, pero la total falta de autoestima que mostraba a veces le ponía demasiado nervioso. Se fue gritándole que era un imbécil y que no iba a conseguir con esa actitud más que ser desgraciado y de paso hacer a la mujer que supuestamente amaba tanto una desgraciada. Esperaba al menos haberlo hecho pensar, no ya por su parte sino por la posibilidad de hacer a Perséfone infeliz.

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